Recuerdos de un niño del barrio del Rollo

     Mi infancia no son recuerdos de un patio de Sevilla -¡Suerte que tuvo Antonio Machado!-, sino de un patio común donde no maduraba el limonero, que no está nuestro clima para tales alegrías, pero florecían cuatro acacias y un pequeño melocotonero y había un montón de piedras, más o menos bien ordenadas, que debían haber sobrado de la construcción de las dos casitas y que nos servían para imaginar fuertes donde defenderse de los indios y murallas que ahuyentaban a los romanos.

     Estaba este patio común al final de la Avenida de Pérez Almeida, que antes había sido mera calle de Rodríguez San Pedro y ahora ha ascendido a Avenida de los Comuneros. Pérez Almeida, durante mi infancia y adolescencia era ante todo una tapia: tapia del Hogar Cuna, tapia de Enrique Prieto, tapia de la Estación, tapia de la huerta del Colegio de Las Esclavas, tapia de un pequeño pinar que había ya casi llegando a la Plaza, luego Glorieta del Rollo.

     Además de tapias había barro y baches, pero eso no nos impedía jugar partidos de fútbol interminables, interminables hasta que las mamás se ponían serias porque era la hora de comer o de cenar; solo se interrumpían cuando alguien gritaba: ¡Que viene un coche!... Rápida mirada, el “coche de punto” acababa de pasar bajo el puente del ferrocarril, de modo que todavía había tiempo para un par de jugadas; luego el partido se congelaba, los jugadores estáticos y el chófer, benevolente, serpenteaba entre nosotros hasta perderse en la carretera de Aldealengua y el juego se reanudaba; solo cuando venía un camión, rara vez, nos apartábamos todos hacia los bordes, que eso eran palabras y ruedas mayores.

     Sea como fuere, acabado el partido por orden materna, era tiempo de volver a casa. De planta baja la vivienda, pobre, estaba bien distribuida y ventilada, pues tenía una habitación –la de mis padres- hacia el patio delantero, el comedor y la cocina conectaban con un pequeño patio central en el que había una pila de lavar a mano y donde nos bañábamos en una pozaleta –ducha no había en el único pequeño baño- con el agua calentada en la cocina económica de carbón, combustible racionado en el Economato de la RENFE, en el que se podía comprar casi de todo a precios ajustados, y que ayudaba a las familias de ferroviarios a mantener con dignidad su pobreza, y otro pequeño y alargado patinillo trasero al que se abrían las ventanas de los dos dormitorios que compartíamos los niños.

     El primero en tener “deberes” escolares fui yo –inconvenientes de ser el mayor-, pero mis tres hermanos más pequeños y luego el cuarto no me permitían hacer los deberes en casa, de modo que mis padres me apuntaron a las “permanencias”, dos horas de estudio vigilado en una gran aula con más de cien niños trabajando en silencio vigilados por un único adulto ¡Tiempos aquellos a los que algunos alumnos actuales deberían trasladarse una vez al año, que no hace daño, en el túnel del tiempo!. Colegio público, que yo recuerde, no había en el barrio, así que mis padres tuvieron que llevarme primero al Amor de Dios, donde solo admitían niños hasta los 8 años de edad, pues era un Colegio de niñas, en el que por cierto estudiaron con aprovechamiento mis dos hermanas, y luego al Colegio Calasanz, de los Escolapios, donde acabamos estudiando los tres hijos varones. Creo recordar que intentaron matricularme en el Colegio Francisco Vitoria, que tenía muy buen nivel porque en él estudiaban los hijos de los altos funcionarios y otros niños cuyas familias vivían en el centro de la ciudad, pero no fue posible conforme a las normas de la época.

     Algunos días tenía que sacar un tiempo de estudio extra, sobre todo en época de exámenes, muy frecuentes, pues recibíamos calificaciones todos los meses y toda la materia impartida en cada asignatura era acumulativa: lo explicado en octubre podía entrar en cualquier examen en enero, en marzo y, naturalmente, en el examen final de junio: con trece o catorce o quince años tenía que levantarme a las 5 de la mañana, encender el fogón de la cocina y estudiar allí hasta las 7 y media, más o menos. Recuerdo que un día tuve que despertar a mi padre a las 6 de la mañana porque hacía demasiado calor en la cocina y era porque estaba ardiendo el hollín de la chimenea y tuvo que apagarlo por las bravas subiéndose al tejado para echar un cubo de agua por la chimenea, con grave riesgo de quemarse con el vapor recalentado, mientras yo le llenaba otro y se lo subía hasta el final de la escalera hasta que la chimenea dejó de emitir humo y vapor por haberse apagado. Al día siguiente tuvo que llamar a un deshollinador para que terminara de limpiar la chimenea.

     Quizá vuelva otro día con más recuerdos de mi infancia en el barrio del Rollo, de momento un último: cuando llovía era una verdadera odisea ir al Colegio recorriendo el Paseo del Rollo, que estaba sin asfaltar y era en muchos de sus tramos un puro charco; durante muchos metros el único espacio seco era el bordillo que, en teoría, delimitaba la acera y la calzada, que no existían pues tardaron aún muchos años en ser urbanizadas y asfaltadas. Creo que los próximos recuerdos de mi barrio versarán sobre la vida y milagros de mi parroquia, el Dulce Nombre de María…

Antonio Matilla, niño del barrio del Rollo.