De la tolerancia a la frustración

Yo creo que vivimos una vida cada vez más individualista. La pobre  entrega a los demás o el compromiso, se justifica en nombre de las necesidades propias.

Las familias cada vez aguantan menos a sus hijos y prueba de ello lo tenemos en que llegan a Santiago Uno niños más pequeños. Los profesores en las clases también los echan antes y poco menos que criminalizan al que es diferente . También los recogemos en nuestra aula alternativa.

A los hijos no los educamos para los fracasos que todos tenemos y cuando llegan se frustran y tiran la toalla o lo pagan con los padres.

La educación en redes tiene respuestas inmediatas y  los padres y madres se creen mejores cuando resuelven todo a sus hijos hasta edades avanzadas.

 En geriatría ya se empiezan a vislumbrar anciano diferentes. Nuestros mayores de la posguerra son entrañables abuelos, con inmensa amabilidad, con devoción por sus nietos y con una paciencia infinita en las enfermedades y sufrimientos. Afrontan los últimos años de vida hasta con alegría y agradecimiento. Esto yo lo he comprobado con mujeres y hombres de mi pueblo y otras comarcas de Castilla y León.

Sin embargo ya empieza a venir otro tipo de jubilado exigente . Al que le ha ido bien porque fue funcionario o tuvo un negocio exitoso. Aquí ya notamos mayor egoísmo e incluso cierta tiranía hacia sus derechos y familia.

Siempre hay  que proteger a los niños y a los ancianos más vulnerables. Pero lo mejor para ellos no es siempre darle todos los caprichos que por otra parte es imposible.

Sinceramente la excesiva comodidad atonta. Normalmente el superviviente es más espabilado.

He dicho muchas veces que los niños cuando bajamos a Marruecos tienen ganas de estudiar en todo momento, ayudan a sus padres, chapurrean idiomas y valoran la comida, la ropa, el esfuerzo de sus padres, etc.

Aquí en numerosas ocasiones son caprichosos y desagradecidos. Lo acompañamos los adultos con sobreprotegerlos y justificar sus fechorías muchas veces con la consabida frase de que “sólo es un niño, cuando tiene dieciocho”. Por eso ahora salen muchos psicólogos hablando de las secuelas del covid porque los niños estuvieron confinados. Los pobres tenían problemas mayores y los que viven en una mansión con todas las comodidades y aparatos informáticos no me parece que fuera para tanto.

Si tuviéramos que vivir en una intemperie como Afganistán o la mayoría de los países de África que haríamos. Eduquémonos solidariamente.