Las Arribes al día

Mi decepción con Unamuno

Fotograma del documental 'Palabras para un fin del mundo', de Manuel Menchón DobleSentido

He leído un buen montón de citas y reflexiones del célebre catedrático, escritor, político, sobre religión, política y la vida en sí misma, etc.

Estos días pasados, estaba por internet, investigando y buscando información sobre algunos personajes e historia de establecimientos de Salamanca, pará él nuevo libro qué estoy desarrollando y escribiendo. Pasando y leyendo hojas de diferentes días, en el periódico de El Adelanto de Salamanca, en el sitio de la Biblioteca Virtual de Prensa Histórica, de repente, en la página 2, me encontré con crónicas en las que don Miguel de Unamuno era el referente principal. Leyendo lo acontecido el día 15 de febrero de  1924, (de lo cual como es normal se informaba al día siguiente 16), me dije para mí mismo: “Esto poca gente lo conoce, el periódico en papel estará en alguna estantería de algún archivo histórico del Ministerio y digitalmente, pocas personas, tienen la paciencia para ir pasando y leyendo hoja a hoja” por lo cuál me puse a redactar los relatos siguientes y darlos a conocer.

 

“LAS CONFERENCIAS CULTURALES DE LA CASA DEL PUEBLO”

DON LUIS MARTÍN DE LAS CUEVAS, HABLA DEL DERECHO SOCIAL.

   

APUNTES DE UN OYENTE

El OYENTE, hace un resumen de dicha conferencia, señalando cómo era físicamente el conferenciante, que su ofició era ser abogado consultor de los trabajadores, exponiendo claro y sencillo un tema interesante, después de una exposición luminosa y documentada, para quedar reconocida la existencia del Derecho Social. Entre otros diversos temas, censura la pensión que le señala a un obrero que queda inutilizado para el trabajo (el salario de dos años), y elogia el taller de reeducación establecido en Madrid, para los inválidos, para los obreros que, a semejanza de los mutilados de la gran guerra, quedaron inútiles para ganarse el sustento.

Cita casos sucedidos en diversos edificios, un 14 % los casos de accidentes, es el aumento en la construcción, que es donde abundan más.

El OYENTE dice: No es posible en un ligero apunte periodístico, seguir paso a paso el conferenciante, que tuvo pasajes de una gran belleza literaria y momentos de acierto indiscutibles.

Al terminar fue ovacionado justamente.

Esté investigador aficionado, en el mismo periódico del Adelanto, en fechas anteriores, había leído de la celebración de dichas conferencias, las cuales iban a ser moderadas por Dº Miguel de Unamuno, presidente de la Casa del Pueblo. Mi sorpresa fue leer que, al terminar la ovación al conferenciante, el OYENTE explica la intervención de Unamuno dando su opinión, la cual reza así:

El maestro Unamuno, aprovechando la cita de Sófocles que el señor Cuevas hizo en uno de los pasajes de su sobrio discurso, trazó una admirable, maravillosa descripción, comentando, de la tragedia de Antígona, una de las hijas del pobre Edipo y de Yocasta, que dio sepultura al cuerpo de su hermano Polinice, contra las órdenes de su tío Creonte, que lo había prohibido por haber luchado contra la patria; dicho todo ello con una emoción y belleza, de la que solo es capaz el ilustre catedrático de griego.

De esta tragedia, el señor Unamuno, vino a hablar del voto a las mujeres, qué si se diera, no sabe el maestro si surgiría alguna Antígona.

Más por otra parte, el señor Unamuno cree que el voto a la mujer, debe ser dado en sentido del voto familiar. Las mujeres casadas no votarían. ¡Ya votan por ellas los maridos! Y así, siendo el voto familiar, el suyo, completamente proletario (porque tiene prole), tendrá más valor que el del soltero, que tiene la obligación de casarse.

Don Miguel felicitó al conferenciante, y el público le ovacionó cariñosamente.

La “apostilla” de esta noche, ha sido una de las mejores de las qué lleva hechas don Miguel.

Tras lo cual, el OYENTE y autor de la crónica, firma con el seudónimo YO.

 

No sé con cuál adjetivo asignarme, de cómo me quedé al leer tal “apostilla”; de piedra, pasmado, patidifuso, estupefacto, etc. El admirado don Miguel de Unamuno, autor de tantas citas, libros, catedrático, rector, político decepcionado con unos y otros, desterrado, etc. Con tales declaraciones, daba a entender ser un machista, al considerar que, al ser cabeza de familia, solo su voto era el válido, y que los solteros si querían votar, deberían casarse.

Uno se pregunta: ¿qué revolución se produciría si su “apostilla” se hubiese producido en cualquier debate televisivo o medio periodístico actual?

Seguí con mí investigación, en el periódico del Adelanto de Salamanca; pasando y leyendo páginas de días posteriores. Al llegar a página 2, del día 22 del mismo mes de febrero, me encuentro con la crónica titulada:

UNA DESPEDIDA CARIÑOSA

EL Sr. Unamuno sale para su destierro.

El cronista que relata tal situación, (la cual no tiene firma), desde el momento que se conoce la noticia y la salida para el destierro, lo describe así:

Explicaba: que, a primeras horas de la tarde del miércoles, fue El Adelanto, el único periódico local que había recibido la noticia por parte del Directorio, (dictadura de Primo de Rivera), sobre las cuatro de la tarde, a poco de ser dictada y facilitada por la Presidencia a los periodistas.

Él telefonema, fue expuesto por un empleado en el encerado del periódico que tenía en la Plaza Mayor. Fue leído con avidez y causó la natural impresión, pues aparte de criterios y doctrinas del señor Unamuno, contaba éste con grandes afectos en Salamanca y nutrido grupo de admiradores.

La noticia corrió por la ciudad, y ya, a la noche, era conocida de todos.

Cómo el señor Unamuno se enteró de su destierro.

En el momento que un empleado de El Adelanto, fijaba el telefonema en la cartelera de la Plaza Mayor, Unamuno, acompañado por el doctor Prieto Carrasco, paseaba por ella.

Al ver el telefonema y un grupo de personas que lo leían, Unamuno preguntó:

      ― ¿Qué es eso? A lo que le contestó el doctor Prieto. ―Un telefonema que acaba de recibir El Adelanto.

      ―Léalo usted ―dijo don Miguel―. Quién por la distancia qué ocupaba no podía leerlo.

     El doctor Prieto leyó el telefonema, causándole la natural emoción.

      ― ¿Qué dice? ―insistió don Miguel.

      ―Se refiere a usted.

      ― ¿A mí?

      ―Sí, que le destierran y le destituyen de la cátedra ―repuso el doctor Casto Prieto.

      ― ¡Ah! Bien; bueno ―dijo don Miguel.

      Y continúo paseando, sin hacer el más leve comentario.

      Al poco, el señor Unamuno advirtió a sus amigos:

      ―Me voy a la junta de la Caja Colaboradora de Previsión.

      Y hacía ella se marchó.

      

EN LA CAJA

Minutos después el doctor Villalobos visitaba al señor Unamuno en el domicilio de la Caja Colaboradora. Con el señor Villalobos marchaba uno de los redactores de El Adelanto.

El señor Unamuno les recibió con su característica afabilidad y sereno espíritu. Diciendo qué to- davía ―cinco y media de la tarde ―no había recibido noticia alguna oficial del telefonema expues- to al público por El Adelanto.

Seguidamente el señor Unamuno, seguido por los señores citados y otros amigos que halló al pa- so marchó a su casa.

 

Cuando llegaron a su casa, don Miguel se encontró que su amplio gabinete de trabajo, estaba ya lleno de amigos.

La familia del catedrático desconocía la noticia del destierro, por lo que en presencia de sus ami-

gos, participó a su señora, doña Concepción Lizárraga, la determinación del Directorio, acongiendo-

la con serena tranquilidad.

Después Unamuno, dijo que, si la pena que se le imponía era la del destierro, marcharía primeramente a Coímbra (Portugal), luego adelantaría los viajes que tenía en proyectó a Italia y Buenos Aires.

El periodista del El Adelanto, le pregunta en ese momento a que achaca la determinación tomada contra él. A lo cual responde:

      ―No lo sé; es posible que sea a la campaña periodística que hago en el extranjero; acaso la carta que escribí a Américo Castro; quizá, todo ello unido, a lo de Bilbao. Pero una cosa es lo que yo escribo y hablo, y otra cómo se interprete por los encargados de recogerlo.

      El periodista le pregunta si había estado ese mismo día en el juzgado, a lo que contesta:

      ―Sí; precisamente he comparecido ante un señor Juez instructor con motivo del sumario que se instruye por mí discurso en el sitio, de Bilbao.

      El periodista le pregunta:

      ― ¿No tiene usted unos procesos pendientes?

      ―Sí; tenía que ir a Madrid el día 5 para comparecer ante aquellos tribunales.

      ―Y, por cierto ―agregó la señora de don Miguel―teníamos el propósito de ir con Miguel a Madrid, aprovechando las fiestas del Carnaval.

     

LA ORDEN DE DESTIERRO.

      A las 8:25 de la noche, momentos después de esta charla, el comisario de Policía, era portador de la orden del señor coronel-gobernador civil, cumplimentado la del Directorio, de destierro del señor Unamuno.

      Esté se dio por enterado. Según la orden, el señor Unamuno, en un plazo de veinticuatro horas, saldría de Salamanca, para cumplir el destierro en Fuerteventura (Canarias).

      El señor Miguel Unamuno, que tenía tiempo para coger el tren correo de la noche, prefirió coger el tren de las dos de la tarde del día siguiente, para ahorrarse las molestias de viajar de noche.

      Durante la noche del miércoles y la mañana del jueves, desfilaron por el domicilio del señor Unamuno, infinidad de personas de todas clases sociales.

      Por la mañana el catedrático fue a la Universidad, con el objeto de dar sus clases.

      Dio la primera, a las nueve, y al terminar la clase, se despidió de sus alumnos, diciéndoles: ―Para el día próximo, la siguiente lección―. Al momento empezó a recibir la visita de profesores y estudiantes, trasladándose a su domicilio a las diez y media de la mañana, acompañado de los estudiantes.

     

      LA MARCHA Y LA DESPEDIDA.

      A las dos de la tardé del jueves 21, don Miguel, marchó para Madrid, para desde la corte, dirigirse a Cádiz, y en este puerto embarcar para Canarias.

      A despedirle a la estación, acudieron numerosísimos amigos y personas de todas las clases sociales, guardando el mayor orden y compostura.

      El andén de la estación estaba repleto de personas.

      Al llegar, don Miguel fue saludado con una salva de aplausos, que después se prolongó durante veinte minutos, hasta la salida del tren.

      Los aplausos fueron acompañados de vítores.

      El señor Unamuno beso a sus hijos y subió a un coche de primera, con los señores Cañizo, Trías, Villalobos, Prieto Carrasco, Rodriguez Mata, y Roces Núñez (don Adolfo), que le acompañaron hasta Medina, y los señores Prieto, Villalobos y Núñez (don A.), hasta el Pedroso.

      Ante los aplausos, Unamuno, desde la ventanilla del coche, descubierto, al igual que el público, pronunció palabras de afectó y gratitud y exhortaciones de cada uno cultivara su inteligencia, las cuáles fueron acogidas con aplausos.

      Arrancó el tren, y la multitud, descubierta, agito sus sombreros, mientras don Miguel, desde la ventanilla, agitaba su mano derecha en despedida cordial, que terminó en otra ovación al alejarse el tren.

      Los amigos del señor Unamuno y el mismo, tuvieron frases de elogió para el señor coronel gobernador civil, por el tacto y tolerancia de que había dado pruebas, al dejar que Salamanca despidiese con afecto ostensible al señor Unamuno.

Mateo Vallejo