Sinite parvulos venire ad me*

“*Dejad que los niños vengan a mí” Vulgata – Marcos, 10,15.

Iba uno a escribir este artículo con la rabia y la indignación que el asunto de los llamados ‘Papeles de Pandora’ o la próxima absolución del borbón hicieron (otra vez) emerger en los ya cansados ojos de mirar la hipocresía, cuando un titular en páginas interiores informa de que en Francia se han constatado, probado y demostrado 216.000 delitos de pederastia cometidos por curas franceses durante los últimos años. Doscientas dieciseismil víctimas, empecemos a contar y ponerles cara y ojos, llanto, inocencia, dolor, tristeza y estupor: una, dos, tres... hasta casi un cuarto de millón de niñas y niños violados, abusados, sometidos, traumatizados de por vida y signados por el dolor del dolor, por la irrecuperable suciedad de la memoria y por la tristeza, solo en Francia y solo como apunta el informe oficial, la punta del iceberg de una realidad no menos sangrante que arrebatadoramente atroz.

Desde hace años, las autoridades eclesiásticas católicas de diversos países, están dando a conocer, bien que parcial y fragmentariamente, la relación de miles y miles de casos de pederastia en el seno de la iglesia católica, después de intentar el ocultamiento, el chantaje silenciador, los tapujos, los acuerdos vergonzantes y las mordazas de todo tipo, para ocultar una realidad que califica, identifica y define toda una organización, la iglesia católica, trufada e infectada de violadores de niños y niñas, cuya realidad y evidencia revienta por todas sus costuras a pesar de los ímprobos esfuerzos por ocultarla, no solo de las autoridades eclesiásticas sino, sobre todo, de gobiernos meapilas y cómplices que usan el amedrentamiento que siembra la religión para cosechar, en votos o en sumisión, el miedo que apuntala su poder.

Cuando en Estados Unidos, en Francia, Alemania, Holanda o en la misma Italia cuna y sede del catolicismo, y hasta en el estado Vaticano se investiga, denuncia y trata de solucionarse la podrida infección de la pederastia y la violación de menores en el seno de una organización que vive de la venta de la idea de bondad, en España las autoridades eclesiásticas se niegan, obstaculizan, ocultan e impiden cualquier investigación, denuncia o indagación en una realidad tan sucia que, igual que en otros países, ha disuelto en indignidad criminal el antiguo prestigio (para algunos) que una vez tuvieron los palios, las bendiciones y los pomposos rituales.

La pederastia es un delito tipificado en el Código Penal. La violación de menores es un delito tipificado en el Código Penal. El sometimiento de menores, el maltrato, el abuso, el chantaje, la manipulación o cualquier tipo de agresión son delitos tipificados en el Código Penal. Los poderes judiciales, fiscales y policiales, tienen el deber de investigar de oficio las denuncias o las meras sospechas de la comisión de cualquieras de esos delitos, independientemente de que estén o no protegidos por tiaras, sotanas o casullas y, mucho menos, cuando son cometidos por individuos al amparo de una institución que, además, vive de los presupuestos públicos y que, por si fuera poco, tiene entre sus cometidos, jugosamente facturados, parte de la educación y formación de, precisamente, los niños, niñas y jóvenes que convierten en sus víctimas.

Poner fin a la insoportable realidad de la violación y abuso de menores, investigar los delitos, llevar a los culpables ante los tribunales y hacerles cumplir las condenas a que sean sentenciados, no es una labor que tenga que realizar, como actualmente sucede en muchos países, la jerarquía eclesiástica o los organismos internos de, qué paradoja, la misma organización que alberga en su seno a los delincuentes y que durante décadas los ha protegido (y aún). Es una labor que han de realizar los poderes públicos, los juzgados, la fiscalía y la policía, como protectores y defensores de la ciudadanía, y sus denuncias y consecuencias no pueden quedarse en el lamento papal, la condena verbal  o la expulsión y apartamiento de los culpables, y ni siquiera el escarnio público o la degradación, sino que deben ser las del sometimiento a los tribunales civiles y la aplicación y cumplimiento de las condenas a que haya lugar.

Como en tantos otros asuntos, España, como país, muestra con relación a la iglesia católica y sus (diremos presuntos) delitos, que son muchos aunque ninguno tan sangrante como la pederastia, un comportamiento tembloroso, apocado y servil. Los casos denunciados recientemente en Francia, así como los que van sucediéndose en otros países, con millones de víctimas durante años y años, ocupan escaso espacio en medios de difusión españoles, o son ignorados y silenciados totalmente en la mayoría. Deseducados durante generaciones, siempre por la fuerza, en el chantaje emocional y la ignorancia, deformados en la sumisión y la imposición de creencias, acostumbrados a la aceptación acrítica de falsas jerarquías, hundidos en el caciquismo, viviendo en el más espeso clasismo y en el miedo, los españoles, como con los excesos de la monarquía, la corrupción política, la especulación, la creciente pobreza, la desigualdad y la injusticia, la brutalidad social o la incultura, no hemos sabido, y parece que lamentablemente no sabremos, o no querremos, poner coto a una realidad tan lacerante como la pederastia en el seno de la iglesia católica. Nada presuntamente.