¿Vuelve la Hispanidad?

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Según el padre Zacarías Martínez, arzobispo que fue de Santiago de Compostela, la raza española hizo por la humanidad lo que no hizo ninguno de los pueblos del globo: descubrir aquél mundo y ofrecérselo a Dios como un altar o como un trono (…). En nada se asemeja a otros pueblos conquistadores, que matan o esclavizan las razas, y cuyos móviles son la ambición o el egoísmo. (Historia de España. Segundo grado, Editorial Luis Vives. 1942).

En esa onda, en 1918 Alfonso XIII instauró el 12 de octubre cómo “Día de la Raza” y más tarde Primo de Rivera añadió a la efeméride el carácter de “Fiesta de la nación española”. Va implícito en la idea de tal celebración –aún vigente– que en 1492, cuando Colón fue a dar con una de las Bahamas, la nación española ya existía como tal desde hacía varios siglos, gracias a Recaredo y a los sucesivos Concilios de Toledo, que le habían dado unidad política y religiosa, monárquica y católica, sobra decir. (Aunque ya antes habían mostrado el temple de la raza española los pueblos ibéricos, que en Sagunto y en Numancia resistieron heroicamente a los romanos.)

Pero el clímax de esta visión histórica se sitúa en el llamado Descubrimiento de América y en el Imperio de los Austrias. Según López de Gómara, aquél fue “la mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo creó”. Una visión heroica y sagrada de la historia de España que fue de curso corriente entre los cronistas del Antiguo Régimen, los intelectuales de Acción Española y los teóricos del falangismo, nutrientes ideológicos todos ellos del Movimiento Nacional. La historia propiamente dicha hace tiempo que arrumbó estos relatos míticos, que más bien quedan solo como  muestras ideológicas del pensamiento conservador y nacional-católico. Y, dadas las fechas, conviene recordar que la famosa trifulca del 12 de octubre en el paraninfo de la USAL –de la que tan reiteradamente venimos hablando en los últimos años– fue suscitada por las intervenciones de Ramos Loscertales, Maldonado, Beltrán de Heredia y Pemán, representantes de lo más rancio de la academia y de la política, que en ese momento glosaron las gestas de la Hispanidad y de la raza, algo a lo que replicó Don Miguel con energía, provocando a su vez la furia de Millán Astray.

Pero el caso es que estos rancios tópicos históricos, sin el más mínimo sentido crítico ni conciencia del lado oscuro de los hechos, vuelven ahora de la mano de Vox, del PP y de sus columnistas e historiadores mediáticos.  De nuevo se defiende a capa y espada la Hispanidad, la supuesta unidad nacional de Isabel y Fernando, la labor “civilizadora”  en América (“nosotros no colonizábamos, lo que hacíamos era tener una España más grande; “¿colonia,  qué colonia?” se pregunta un libro reciente). No hubo explotación ni conquista de México por España: fueron los mismos pueblos de la zona los que guerrearon entre sí, etc, etc. Ergo: “España no tiene que pedir perdón” (Casado, Aznar, Ayuso, Vargas Llosa, Fernández Armesto, Azúa, etc., etc.)

Estas opiniones derivan de un uso partidista de la historia, encaminado a fortalecer un nacionalismo españolista prepotente y dogmático del que se supone salen réditos electorales. No es el menor de los problemas el que dificulte las buenas relaciones con los estados de origen hispano, sobre todo si van acompañados de gestos desairados como los que se han mostrado con motivo de las recientes celebraciones memoriales en México. Pero este es un asunto que merece un tratamiento específico.

(Imagen: As. México)