En busca de la felicidad

“¡Ah, la felicidad depende de cosas tan pequeñas!” (Oscar Wilde)

Para la especie humana no hay sed más acuciante que la emocional, que sólo se puede calmar con unas gotas de felicidad. Tal es el ansia de este sentimiento, exclusivamente humano, que hubo libertinos, como Fausto, que vendieron su libertad por unos momentos de felicidad. Hay autores que, incluso, la suman a los tres reconocidos “imperativos biológicos” de la especie (supervivencia, reproducción, sociabilidad): “La forma de suicidio actualmente más común, por sobredosis, se explica fácilmente por la semejanza entre la felicidad natural y la inducida por las drogas.

Hay quien dice que la felicidad terrenal está escondida en los genes. Esta sería la natural, sensación de bienestar saludable, exento de dolores y carencias, sin la cual no se puede concebir ningún otro tipo de felicidad. En cuanto a la inducida, parece más cierto y científicamente demostrado que las emociones felices se producen en el cerebro por sustancias químicas como la dopamina, o “moléculas de la felicidad”, neurotransmisores responsables de las sensaciones placenteras. Tan es así que millones de personas en todo el mundo toman la “píldora de la felicidad”, que actúa en el cerebro para combatir las depresiones, disminuyendo la serotonina. La felicidad así entendida queda reducida a una sensación puramente física, sin que esté respaldada por ningún sentimiento emotivo, espontáneo o provocado por una conducta moralmente satisfactoria.

Sabemos por la experiencia que hay momentos de felicidad psicológica que nada tienen que ver con la moral (porque me ha sonreído mi nieta, porque ha ganado mi equipo, porque me ha tocado la lotería u otro sinfín de etcéteras). Siguiendo los pasos de Platón, y de Aristóteles la felicidad se alcanza llevando las riendas de la propia conducta: sólo la razón puede conducirnos a la felicidad. Esto ocurre cuando la razón, instrumento del juicio crítico, nos lleva a la satisfacción que produce la buena conducta. Es decir, cuando una ética universal impone su código moral, en aras de la dignidad humana, para favorecer la convivencia. La ética es, así, una construcción cultural, como tantas otras que ha inventado el homo sapiens para superar la animalidad primitiva.

 Aunque sería más correcto hablar de “‘momentos de felicidad”’. Porque el estado de felicidad no puede existir, como diría Vázquez Montalbán.- Nadie podría soportar un estado constante de suma felicidad-. Es una tensión demasiado prolongada en el tiempo, incompatible con la personalidad humana, necesitada de continuos descansos. Lo que sí se debe hacer es distinguir entre placer y felicidad, que son cosas distintas, porque las sensaciones de placer pueden esclavizar, como el sexo o las drogas, cosa que no hace el sentimiento de felicidad. Ya Epicuro, que concebía la felicidad como un placer sensible, decía que debía estar controlado y supeditado a la tranquilidad del alma. Lo cierto es que todavía no existe una definición exacta de la felicidad. Quizás porque resulta imposible, al ser un íntimo sentimiento, subjetivo y no transferible.

Por su parte, el catedrático de Psiquiatría en Madrid, doctor Enrique Rojas, nombrado Médico Humanista del año en España (1994), insiste que, “Todo hombre está llamado a ser feliz. Pero esta inclinación natural, metida en las entrañas del ser humano, pocas veces se produce”.

Pero es indudable que, también existe la posibilidad de alcanzar la felicidad, no en otro mundo, sino en este, con todas las limitaciones que se hacen patentes en unas sociedades donde imperan las pasiones destructivas, en el marco de una naturaleza eternamente indiferente, tanto al gozo como al sufrimiento. Como en el caso de la libertad, también la felicidad, tan afanosamente perseguida, debe tener unas fronteras, algún límite que evite el desenfreno y la mutua destrucción.

Si logro entender, que el bien es lo que me perfecciona como ser humano, y que la inmoralidad no debe defenderse en nombre de la libertad, habré encontrado el buen camino. Ser libre y ser responsable son valores inseparables, lo cierto es que cuando razonamos sin prejuicios podemos llegar a conclusiones no deseadas. Por ejemplo, ¿es realmente la vida algo sagrado, cuando hemos visto a lo largo de la historia correr ríos de sangre, en nombre de un dios celoso, de la paz, o nombre de la libertad? ¿Cómo se puede creer en la palabra salvadora de una persona como yo, que puede esconder las más bajas pasiones, los motivos más ruines y el mensaje consolador tras una máscara de hipocresía? A pesar de todo, los pobres humanos, no sólo los desgraciados y desposeídos, tienen puesta su esperanza en una felicidad sin límites, plena y duradera, que sólo intuyen tras un velo de ignorancia. ¡Dios mío que necesitados estamos!..

                               Fermín González salamancartvaldia.es         blog taurinerias