Abrazos perdidos. ¿Y recuperados?

Hemos pasado un año y medio largo de una completa  “sequía” de expresiones afectivas básicas  (dar y recibir abrazos, besos, caricias…) y como consecuencia de ello nuestros cuerpos se han quejado sin tapujos. Los “efectos colaterales” de esta guerra contra el COVID19 han sido numerosísimos. Solo tenemos que mirar a nuestro alrededor para verlos: caídas con fracturas más o menos graves, incremento llamativo de las patologías del aparato locomotor, dorsalgias, lumbalgias, artritis, artrosis, patologías de rodillas…todo intensificado. Pero no solo en el aparato locomotor, sino problemas nuevos o incrementados en la piel han aparecido en todas las edades. Por no volver a repetir de nuevo las patologías mentales, de las que ya hemos escrito aquí y de las que ya se ha comprobado su incremento, a lo largo de la pandemia, sobre todo en niños y adolescentes.

Los tiempos de crisis de carencias básicas afectivas muestran que estas carencias son tan importantes (a veces incluso más) que la comida. El cuerpo habla con suficiente claridad.

Ahora nos encontramos en plena transición desde la carencia impuesta en este largo año, a la recuperación paulatina de nuestras expresiones de afecto. Una de las más importantes, las sonrisas, ocultas bajo las mascarillas, aún apenas la hemos recuperado. Quizás solamente en la intimidad del hogar. Hasta la voz, siempre tan cargada de afectos, se ha distorsionado con la mascarilla. El otro día oí, aquí, en Salamanca, en un acto académico, a un coro cantar el Gaudeamus igitur con las mascarillas puestas. ¡Las potentes voces chocaban contra las mascarillas y la belleza sonora desaparecía!

Es curiosa la amplísima gama de abrazos que observamos a nuestro alrededor en estos primeros días de desaparición de normas de distanciamiento social: desde tímidos golpecitos en la espalda, o suave caricia en un brazo, o en una mano, a estrechos abrazos de cuerpos fundidos, observamos infinidad de modalidades.  Y, lo que es más curioso, cada uno de nosotros duda o improvisa un tipo de saludo o abrazo, no solo en función del grado de acercamiento a la persona saludada, sino que la duda de hasta dónde y cuánto nos permitimos acercarnos, se ha metido tan dentro de nosotros, que la espontaneidad ha desaparecido; el otro día después de compartir un café amigable y divertido con una amiga, nos despedimos sin rozarnos…como si fuera la primera vez que nos veíamos.

Nos queda, pues, mucho terreno por conquistar, o reconquistar, en el campo de las expresiones afectivas, esas que tanto necesitan nuestras almas y nuestro cuerpos. A no ser que queramos seguir enfermando (como un modo de llamar la atención y pedir afectos) y marear a médicos y especialistas dando vueltas en torno al dañino y subjetivo agujero, vacío de afectos.