A río revuelto, ganancia de Pedro Sánchez

Decir a estas alturas de la película que el gobierno de Sánchez no dice la verdad es levantar un monumento al señor Perogrullo. Antes de entrar en la Moncloa, ya fue capaz de vender la burra a millones de españoles que confiaron en su palabra. De ser un desconocido dentro y fuera de su partido, pasó a ser el líder del más votado. Aspiraba al poder a base de emplear una fórmula magistral: ser más demócrata y más progresista que nadie, acabar con los abusos de la derecha, terminar con el paro, fortalecer la economía, convertirse en la envidia de todo occidente y finalizar atando los galgos con longanizas. Todo ello, por supuesto, dentro del más estricto cumplimiento de la Constitución y sin apoyarse en aquellos partidos políticos que se declararan independentistas o que no condenaran el terrorismo. Este soñado programa lo repitió hasta diez segundos después de ser elegido Presidente. Cuando se vio con las llaves de la Moncloa en su mano, siguió diciendo lo mismo, pero haciendo todo lo contrario. Hasta hoy.

Más de una vez he dejado bien claro que mis críticas no van contra un ideario determinado. No. Frente al proceder de otros colectivos, yo respeto las diferentes   doctrinas políticas cuando sus seguidores son leales a las teorías que pregonan. Lo que critico es la hipocresía, la tergiversación, la calumnia y, por supuesto, la obsesión por el revanchismo. Dentro de la democracia, no caben ideologías de primera y de segunda. Tan lícitas son unas como otras. Lo que las hace mejores o peores es la forma de aplicarlas, y en esa parcela los verdaderos responsables siempre son personas con nombre y apellidos. Un modelo de lo que estoy diciendo fue el diálogo entre Felipe González y Mariano Rajoy con motivo del reciente Foro La Toja. Dos ex presidentes, con pensamientos distantes, fueron capaces de conversar educadamente y coincidir en los temas fundamentales ¿Por qué no es posible ahora?

En contra de lo que proclaman sus altavoces oficiales, la actuación de los gobiernos de Sánchez no se ha distinguido por su acierto. Una y otra vez ha dado palos de ciego, ha tenido que rectificar y, a la hora de medir la eficacia, ha colocado a España a la cola de muchas clasificaciones. Una de las constantes de su actuación ha sido el interés en gobernar sin dar explicaciones. El Parlamento ha estado vacío un año y la mayoría de intervenciones de los gobernantes han vetado las ruedas de prensa. La desnuda realidad nos dice que somos una de las naciones que ha salido más dañada en la presente crisis, pero, oyendo a Sánchez y sus ministros, cualquiera diría que estamos en Jauja. Pues no; eso tampoco es verdad. Estamos mal, muy mal, y seguiremos así una larga temporada porque tenemos nuestro futuro hipotecado.

La acción de los gobiernos tiene consecuencias directas en la economía, en el bienestar de los ciudadanos, en los derechos humanos y en las relaciones exteriores. En el capítulo económico –que es el aglutinante de todos los demás- vamos cuesta abajo y sin frenos. Sánchez necesita los votos precisamente de todos aquellos con los que prometió no pactar nunca, y para ello debe pasar por el aro de las concesiones. De nada sirve que estemos en tiempo de vacas flacas. Son menos importantes la deuda y el déficit que su permanencia en la Moncloa. Un gobierno con el mayor número de ministerios desde que estamos en democracia -auxiliados por todo un ejército de asesores y paniaguados-, subsidios a todo el que llega, subvenciones a empresas fantasmas –de dentro y de fuera-, la luz y el gas por las nubes y el talonario abierto para repartir los pocos fondos que quedan –y aquellos de los que aún no dispone-  entre los que nunca dejan de pedir, todo ello le obliga a repartir migajas allí donde existen las verdaderas necesidades. Ya vendrá alguien que remedie la situación.

Sobre los derechos humanos, esa consigna tan propagada por algunos, que se la expliquen a las víctimas del terrorismo, a los propietarios de viviendas okupadas, a los ciudadanos no nacionalistas que viven en autonomías gobernadas por los que sí lo son, o a los que llevan años en el paro y no encuentran empleo. Esos sí que saben de derechos. Y hablando de derechos, los españoles tenemos derecho a tener unos organismos estatales que no sean utilizados torticeramente por el gobierno, en unos casos, o socavada su obligada independencia, en otros.

En el campo de las relaciones exteriores, por mucho combustible que gaste nuestra escuadrilla de Falcon, ya hemos conseguido que nuestros amigos nos ignoren, nuestros hermanos nos critiquen y los adversarios nos ninguneen. Cada vez estamos perdiendo más poder de competición y más prestigio internacional.

Alguno me dirá que esta es la “repetida cantinela de la derecha”. Efectivamente, para nuestra desgracia, lo que aquí se expone es cierto; no porque lo diga yo, sino porque son muchos millones de españoles –y no todos de derechas-los que piensan lo mismo. Y lo que es más grave, Sánchez también lo sabe, pero España le importa muy poco. Si a la sectaria y revanchista forma de gobernar que tiene nuestra izquierda unimos el cisma y la indecisión de nuestra derecha, convertiremos España en un río revuelto para que siga Sánchez llenando las redes de su ambición y nosotros ingresemos en la lista de países decadentes.