El androide con el teléfono móvil

   En mi plaza había un tipo que salía al balcón solo para hablar por el teléfono móvil. Ni una sola vez salió para disfrutar el balcón, para ver la plaza, para respirar el aire libre. Salía solo  con él móvil y entonces no se daba cuenta de nada, el mundo exterior desaparecía para él, el mundo no existía para él. Como ocurre con todos los que solo hablan por el móvil.

     Y a mí me daba pena el balcón, me daba pena la plaza, me daba pena el aire libre al que él no hacía ni puto caso. El universo entero desaparecía aniquilado por su teléfono móvil. No disfrutaba nada de la vida, no tenía piel, ni tenía oídos, ni tenía ojos siquiera. Todo era una mancha borrosa para él porque solo quería hablar por su teléfono móvil. Me acordé de aquel cuento de Felisberto Hernández en que un balcón se enamora de su dueña y al final se suicida por celos (porque ella le hace más caso a su piano), me acordé de aquel texto que publiqué un día con historias de  balcones. Y pensé en lo maravillosos que eran los balcones, en toda la metafísica de los balcones, que nos conectan con el universo, que nos abren, que nos regalan todo. En que gracias a ellos conectamos con la vida entera y sus misterios abiertos.

     Saqué la conclusión de que aquel tipo era un androide. Como todos los que andan todo el día con su teléfono móvil y no hacen caso de nada. Como todos los que han sustituido el universo con todos sus encantos por la miseria de su teléfono móvil. No debe de ser humano, me dije, no debe de estar vivo, porque los seres vivos disfrutan del oxígeno, de la llamada de otros seres vivos, del universo infinito.

     Y qué pena me daba su balcón. Un balcón tan hermoso que daba a una plaza tan amplia con un jardín. Un balcón tan apasionante.

 ANTONIO COSTA GÓMEZ, ESCRITOR