Que se corten las piernas

     Otra vez la noticia: un tipo con un patinete eléctrico atropella a un anciano de 77 años. Claro, el atropello es la tónica cada día. El caso está claro: el jovenzuelo papanatas que pasma con la tecnología no valora sus piernas. No le sirven para nada, prefiere una maquinita. Entonces que se las corte. Y que se corte todo lo que él no usa porque ya se lo hace una máquina. Que se atrofie sin cesar día tras día. Porque el deslumbramiento de las maquinitas le hace despreciar la maravilla de su cuerpo. La magia de sus piernas que se perfeccionaron durante millones de años, que tienen mil veces más matices y posibilidades que cualquier maquinita. Y sobre todo que le hacen sentir los infinitos matices del mundo alrededor. Y que no atropellan a los demás.

    No, el jovenzuelo drogado de tecnología no valora sus piernas. Pero el viejo de 77 años sí las valora, y las quiere, y las ama. Y sabe lo que le costó llegar con ellas  a los 77 años. Y sabe por todo lo que han pasado. Y sabe las alegrías y las vivencias que le han proporcionado. Y nunca olvidará cuando aquella mujer le tocó casualmente o no en la rodilla. Y siempre recuerda como sus piernas respondían a las estaciones del año, a los matices de la vida. Y siempre lo trasladaron de un sitio a otro sin escamotearle nada, permitiendo que sus ojos fueran viendo paso  a paso como se le mostraba todo, y lo pusieron delante de la confitería donde recibía los olores que le devolvían de golpe su pasado como no cuenta Proust.  El viejo sabe lo que valen unas piernas, qué vida y qué interioridad tienen unas piernas, qué vida tienen unas piernas.

     Pero el jovenzuelo que lo mecaniza todo (incluso hará el amor con su novia al final con una prótesis, o le dirá a su ordenador que se lo cuente) no valora sus piernas. Ni su mirada porque ya lo mira todo su teléfono móvil.   Sí, que se corte las piernas.

ANTONIO COSTA GÓMEZ, ESCRITOR