Culturizando

La progresiva recuperación de la actividad cultural paralizada durante los últimos meses, ha traslucido una tendencia, la de lo “culturalmente correcto”, que si bien venía fraguándose desde hace décadas, se ha potenciado y agravado durante los últimos meses de  inactividad.

Desde hace tiempo, y conectadas con las veleidades de una actividad política tendente al infantilismo, la vulgaridad y el trazo grueso, las propuestas culturales, entendidas como las que enriquecen la maduración personal y la formación de juicio crítico, están respondiendo mayoritariamente a una demanda programática que, en general, adolece de una simpleza, previsibilidad y baratura que debería preocuparnos.

Colonizada en un enorme porcentaje la programación y actividad culturales por organismos públicos de todo tipo (ayuntamientos, comunidades autónomas o administración central), la posibilidad artística de muestra, exhibición o difusión de realizaciones culturales, ha ido adaptándose a una demanda manufacturada por instituciones y sus intereses, y condicionada y ajustada tanto a los gustos de los programadores de plantilla como a los intereses de las fuerzas políticas que gobiernan en cada caso.

Convertidos los organismos culturales de las instituciones, y los presupuestos económicos que las financian, en hoja de cálculo donde presentar resultados totalizados, atendiendo poco o nada al contenido de sus sumandos, no es de extrañar la actual pacatería programadora. Por si esto no fuese ya de una parcialidad y abaratamiento culturales inaceptables, que utilizan el presupuesto público para satisfacer los intereses electorales de cada facción política, un nuevo condicionamiento ha venido a añadirse, más como excusa, a esa manipulación: la supuesta utilidad didáctica, educativa o formativa que se exige en todo evento cultural, entendida esa utilidad como la adecuación a la visión infantiloide, inmadura, simple y supuestamente educativa, política y socialmente correcta (según intérpretes), o enfocada a la celebración de efemérides, homenaje a personajes o jalones históricos, campañas informativas y temas supuestamente útiles en cada lugar, cada fecha o cada concreta ideología.

La libre expresión del talento creativo o la sustanciación del trabajo en cualquier lenguaje cultural (cinematográfico, teatral, plástico, expositivo...; artístico, en fin), se ve de este modo coartada, condicionada y dirigida, cuando no ocultada, por una demanda institucional manipulada, y la expresión de la imaginación creativa, la vanguardia cultural, la experimentación, el mismo talento artístico que propone la diferencia o el arrojo, el atrevimiento o la libre opción, es decir, la pura creatividad, se topan con obstáculos insalvables propiciados, casi dictados, por los gustos o los intereses de burócratas que temen contrariar la pacatería e ignorancia de sus jefes o, en otros casos, respondiendo a la mentalidad de concejales, gerentes, consejeros o ministros de una indigencia cultural escalofriante, pero que son quienes manejan, controlan, reparten, usan y abusan de los presupuestos públicos culturales, adocenando así la ya muy vapuleada, manoseada y condicionada expectativa social de cultura.

Mediatizada, confundida y aplastada la escasa actividad cultural en muchos ámbitos por la exagerada presencia de actos que colonizan las culturas populares sometiéndolas a la ritualización clerical doctrinaria, las ocurrencias institucionales, la satisfacción de egos y la extensión de la chabacanería tomada por tradición (cuyo respeto a ésta, y su conservación, deberían estar muy por encima de veleidades electorales), los mínimos espacios que restan para lo diferente quedan ocupados por ese utilitarismo exigente de que todo acto cultural ha de ser educativo, formativo, ejemplar, integrador, biensonante, correcto o útil a alguna causa o interés, sin exigencia alguna de profundidad pedagógica, formativa o sociológica. Al calor de esa creciente mediocridad de encargo, medran seudoartistas, tecnólogos aficionados, asesores de lo vacío, pelotas de oficio, saltimbanquis de medio pelo, tiralevitas y embaucadores,  trompeteros y aprovechados, que copando espacios y absorbiendo presupuestos, han encontrado en la molicie cultural, el todo vale, la ignorancia y la incultura de los que pagan, el crisol de su parasitismo.

Más desolador que la pérdida de libertad, variedad y talento en el panorama cultural que propicia la adulteración obligada de contenidos y la proliferación de charlatanes, y mucho más peligroso que el abaratamiento de la demanda, es el conformismo social con la medianía, la aceptación del todo vale, el brillo como trasunto de lo valioso y, sobre todo, el crecimiento imparable de masas de boquiabiertos, pasivos tragatodo que ya ni siquiera quieren saber qué se les niega o qué es, en qué consiste, cómo se accede, se disfruta, goza, alimenta y vive la cultura.