Otoño ¿caliente?

Tradicionalmente se viene hablando de otoño caliente cuando el ambiente humano está caldeado y las tensiones son fuertes entre los diversos estamentos sociales.

En el momento presente, podríamos hablar de otoño caliente también físicamente, como en el caso del volcán de La Palma. O de los fuegos excesivos con los que hemos tenido que batallar en la última temporada.

Pero podemos hablar también de otoño caliente en Alemania, donde la CDU ha caído en las urnas de las pasadas recientes elecciones, en que se ha retirado como protagonista la incombustible Ángela Merkel. O la tensión caliente que se vive en Francia, con elecciones también a la vista, y donde hasta alguien ha intentado pegar al presidente Macron.

En España tenemos la tensión entre Cataluña y el estado español, acrecentada estos días por la detención de Carles Puigdemont. O por el caso de la acogida en Zaragoza y atención hospitalaria en Logroño del presidente del Frente Polisario, que sigue reclamando el Sahara.

El ambiente está muy caldeado en España en los diferentes organismos de gobierno, en las cámaras de diputados o senadores, en la Cámara de la Comunidad de Madrid, y hasta en la alcaldía de la ciudad madrileña. El tratamiento llega hasta los insultos más vergonzantes y, lejos de disminuir, el despropósito crece más cada día.

No tiene nada de extraño que las tensiones, y hasta la violencia más aberrante, se traslade al nivel de la calle, y especialmente entre los más jóvenes, pero también entre las parejas y aun entre padres que asesinan a sus propios hijos, sin entrar ya en la cuestión del aborto y la tensión con los grupos que quieren hacer valer la objeción de conciencia en estas cuestiones. La temática de la eutanasia es todavía un asunto pendiente a debatir entre los que la defienden amparados por la reciente ley aprobada en las cortes, y los que quieren asegurar la posibilidad de la objeción de conciencia de los que la rechazan en si mismos o de aquellos que según la ley han de practicarla.

Los sindicatos están ahora más suaves que en ocasiones anteriores, donde se amparaban en manifestaciones ruidosas y hasta en paros llamativos. Esta vez han llegado fácilmente al acuerdo con el gobierno en la cuestión de la subida de quince euros en el salario mínimo interprofesional. No se ha llegado a acuerdo en cambio con la patronal que representa a los empresarios.

Y lo que parece que está a punto de estallar es el precio de la luz, que está ya próximo o a punto de superar los doscientos euros el megawatio/hora (MWh). Y no parece que el gobierno esté en condiciones de detener la subida imparable del precio de la luz, que está dependiendo sobre todo de la constante subida del gas, en creciente demanda por parte de China, de Rusia, de Europa y aun de los Estados Unidos. Aquí sí que se puede hablar con toda propiedad de otoño caliente, aunque el precio de la luz está más bien a punto de dejarnos fríos.

Las tensiones siguen entre los socios del gobierno, con aquellos separatistas que lo mantienen, entre los secesionistas de Cataluña y el resto de España, con expresión en los indultos practicados por el gobierno, o en la llamada mesa de diálogo, sin olvidar las masivas manifestaciones, sobre todo de jóvenes, especialmente en los inmensos e incontrolados botellones de Barcelona y Madrid.

Seguro que cualquiera podría seguir añadiendo otros signos de ambiente caldeado a los dichos hasta ahora. Se me olvidaba hablar de las pateras que llegan cada día, a Baleares, Canarias, Almería y otros puntos de nuestras costas mediterráneas o atlánticas. Pateras de inmigrantes que están creando un problema mayor cada día y que no sabemos hasta qué extremo puede llegar su presencia entre nosotros, problema que no acabamos de afrontar. Y terminemos con un recuerdo a los amenazadores efectos del cambio climático, o de los restos de plástico, realidades peligrosísimas que no terminamos de ponernos a afrontarlas de verdad.