Biblion

“El Señor hablaba con Moisés cara a cara, como un hombre habla con su amigo”

(Éx 33,11)

“Ama la sagrada Escritura, y la sabiduría te amará; ámala tiernamente, y te custodiará; hónrala y recibirás sus caricias”.

SAN JERÓNIMO

No quisiera terminar el mes de septiembre sin hacer referencia a la Biblia, ya que tradicionalmente este mes se dedica a ella. Por un lado, se recuerda aquel 26 de septiembre de 1569 que se terminó de imprimir la primera Biblia en nuestro idioma, la conocida “Biblia del Oso” de la Iglesia reformada. Pero por otro, mañana, 30 de septiembre, hacemos memoria de San Jerónimo, uno de los grandes precursores de la lectura de la Biblia por parte del pueblo, ya que traduce los textos hebreos y griegos al latín para que pudieran leerla los creyentes de su tiempo, la conocida Vulgata.

La Biblia es posiblemente, el texto más difundido en el mundo, patrimonio de la humanidad, ha formado el lenguaje, los conceptos religiosos y culturales de gran parte de la humanidad. No solo es el libro sagrado de las iglesias cristianas, también del judaísmo; además, el Islán, recibió una profunda influencia de la misma. La experiencia religiosa del judaísmo y del cristianismo, como experiencia humana, entra en ese diálogo que une a todas las personas que buscan un sentido a la vida y a la historia.

Al mismo tiempo, es uno de los libros más incomprendidos. Para unos, es palabra de Dios; para otros, simplemente literatura religiosa. Para los creyentes, es la revelación de Dios a los hombres para todos los tiempos; para los no creyentes, la Biblia es un conjunto de historias literarias, religiosas y de prescripciones éticas. Desde que nos interesamos por la Biblia, bien sea con fe o con espíritu crítico, se necesita información y conocimientos que acompañen nuestra tarea, para no pensar ni hablar sin conocimiento, como muchas veces sucede. Pero los conocimientos no son suficientes, es necesario la comprensión, es entrar en el interior de cada relato y en su mundo, ya que lo que se nos presenta no son datos informativos, sino testimonios de vidas vividas.

El nombre de “Biblia” viene del griego “Biblion”, en plural “Biblia”, es decir, LIBROS. Al pasar por el latín, se ha convertido en una palabra femenina singular: LA BIBLIA. En la Iglesia primitiva se llamaba “Biblia hagia” (Libros santos).  La Biblia, pues, no es un libro, sino una colección de libros, una biblioteca en miniatura, compuesta por 73 libros. No es un libro como los demás, compuesto por un solo autor y en un momento determinado, sino escrito por muchos autores y en distintas épocas de la historia. Cada libro bíblico tiene su propia historia y tiene que ser leído en el fondo de su propio contexto histórico, género literario, intención del autor, pero también puede ser considerado como una unidad, ya que el texto fue asumido en un determinado momento por una comunidad de creyentes.

Israel no se alfabetizó hasta el siglo VIII a. C., pero se pueden rastrear muchos libros en una rica tradición oral. El Israel primitivo era una sociedad oral compuesta de pastores y campesinos que sólo llegaban a procurarse lo estrictamente necesario para subsistir. La tradición oral tiene una larga historia. Hoy se sabe que muchos de los libros de la Biblia vivieron de forma oral por largo tiempo antes de ser escritos.

La mayor parte de los escritos que hoy componen la Biblia se escribieron en épocas de crisis y de transición del pueblo de Israel, en las que se intensificaban la reflexión sobre el pasado en busca de su identidad, queriendo ser fieles a su ser de Pueblo de Dios. Ellos querían recoger y conservar todo lo que, de una manera u otra, expresase su conciencia de Pueblo de Dios, y que pudiese ayudarles a revitalizar y comunicar esa conciencia. Los escritos fueron naciendo ocasionalmente, según camina la corriente de la vida, sobre todo en momentos difíciles para poder observar mejor la dirección a tomar. Así se volvía cada vez más claro y transparente el designio de Dios en la historia del pueblo y crecía en él la conciencia de que estaban en la mano de Yahveh, movidos por Él para un futuro cierto.

La Biblia no es un libro de ciencias, expresan sus ideas en una cultura y con una información de su época. Tampoco es un libro de historia, habla de un pueblo, pero en un contexto que es el Próximo Oriente, no conoce otros contextos como Europa, Asia, etc. También en la propia historia de este pueblo, hay muchas tradiciones diversas y a veces contradictorias que no se preocupan armonizarlas. La Biblia no es un curso intensivo de religión o de moral, hay elementos que nos pueden parecer extraños, pero en ellos Israel fue descubriendo poco a poco la identidad de Dios.

La Biblia es la aventura de fe de cientos de creyentes de diferentes lugares y culturas, intereses y lenguajes, que la expresan en diferentes formatos literarios y, en constante evolución histórica, con una relación singular con Dios. La verdad de la Biblia no está en su infalibilidad científica, ni siquiera en su perfección de expresión teológica, sino en ser una referencia fidedigna de la experiencia de Dios, por parte de un pueblo en su historia y, sobre todo, en su convivencia con Jesús de Nazaret.

Es el libro del Pueblo de Dios, ha nacido y crecido con él en cada generación de creyentes. En este libro, el pueblo, ha expresado su identidad más profunda, así como su razón para volver a empezar, para cumplir en cada momento su pertenencia a Dios. Ese espíritu, seguramente, no se encuentra en una palabra o frase aislada, ni en una lectura material de la Biblia de principio hasta el fin. Los que tienen un verdadero amor saben cuánto tiempo cuesta penetrar en el espíritu de la persona amada y aún más vivir su espíritu. Hay que dejarse empapar por ella, para que poco a poco, impregne hasta el fondo nuestra manera de ser y de obrar, como individuos y como comunidad. La Biblia, es un libro escrito por hombres, pero que cuenta la historia de amor y fe de un pueblo. Es un libro de fe que nos propone reconocer a Dios en nuestra historia concreta.