Trasminar 

Huele la tomatera cuando la toco, ahíta de agua de lluvia, borracha de alegría mientras la parra virgen se vuelve granate antes de caer, delicada y exquisita, sobre el patio donde la gata se pasea, dueña y señora de los pájaros que espanta y de su cojera sincopada. Es el otoño con sabor a tierra empapada, camisas de cuadros, sol de mediodía que nos abriga el alma en estos tiempos extraños. Desorientados y ateridos, mis alumnos, polluelos frioleros, se juntan en la rama, la cabeza inclinada sobre la luz de la pantalla. Son como hombres prehistóricos alrededor de la llama, fascinados, embebidos, ciegos a la cueva en la que suenan los timbres y el resto de la tropa, aquella que no puede salir, golpea el balón con toda la energía de su edad bulliciosa.

El patio en la mañana es el espacio de las pegas, las cornejas en frac que dan saltos entre las porterías. Fuera, el jardín municipal se llena cuando el sol despliega su mantel de cuadros de gente que juega a la petanca, muchachos que practican con el capote de la esperanza un quiebro imposible. Al otro lado de la verja, los chicos llegan, pasos pausados, la mochila al hombro como si no pesara… los niños de primero arrastrando en el suelo los ruedines que antes, jamás se oían a las puertas del instituto… diminutos y traviesos, los alumnos recién llegados siguen despidiéndose de sus padres a la puerta de la adolescencia, envueltos en el ruido de su mochila de niño que dejarán, quiebro maduro, abandonando los cuadernos, los estuches con dibujos infantiles, las pegatinas de las series que aún ven a la hora de la merienda. Niños que traen galletas y zumo al recreo de los mayores, al instituto de los grandes.

Es el otoño y mi patio tiene frío en la mañana, rosas que siguen abriéndose con tenacidad de ese sol de membrillo que vendrá a calentar a mis polluelos, apretados en la rama, atentos a su mano donde arde el fuego de su teléfono móvil que les hace inclinar la cabeza, dejar a un lado el fulgor de hojas, el arabesco del balón que salta la valla y cae a su vera sin que ellos se den cuenta… ellos, los que pueden salir del perímetro de nuestro mandato… no podéis usar el móvil en el instituto…

-Tira la pelota ¡Pásala!

Y alguno levanta la cabeza, el pescuezo helado, se separa de la fila apretada de hombros esmirriados y se acerca al balón perdido, lo toma entre las manos y le larga una patada, parábola alzada al cielo, trazada con la pericia del profesor de Plástica que deja las pizarras bordadas de líneas. Ha recuperado, antes de sentarse a ensimismarse de nuevo en la diminuta pantalla, el gusto por dar coces, la innata maestría a la hora de enviar el balón al planeta del principito. Dentro de la jaula de los pequeños, juegan veinte contra veinte, las mascarillas que resbalan, el sudor que se gana de tanto correr, el tiempo que siempre es corto. Trasmina en mis dedos la tomatera que seguirá dando un poco más de fruto mientras llegan los fríos, las setas… y mis alumnos siguen dentro y fuera, haciendo sus labores, recién encontrados, apretados y felices, los pequeños estrellando una pelota contra el tiempo que se repite.      

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.