Ahora hay que recuperar la necesaria alegría de vivir

Después de un año y medio de atravesar un túnel desconocido, lleno de angustia e interrogantes, la salida de estos días a la atrayente claridad, a una gran mayoría nos conmueve y nos hace recuperar el sentimiento de la alegría de vivir.

Es la primera vez que no se da  una salida en falso, como han sido las anteriores, antes de que fuera prudente poner fin al confinamiento y a las medidas restrictivas necesarias en cualquier epidemia. La salida actual, aunque somos conscientes de que el COVID 19 no ha desaparecido, que quizás nunca se consiga la total inmunidad de grupo y que en muchos países, sobre todo africanos, están en el comienzo de la lucha ( por carencia de vacunas), sabemos que en nuestros territorios el virus tiene ya poca capacidad de expansión. Es una salida de la crisis realista, positiva,  sin que permita echar las campanas al vuelo.

Para la mayoría de la población la vivencia de una epidemia, pandemia en este caso, ha sido la primera de su vida; pero también la salida de la misma es una única experiencia, esperanzadora y, si fuéramos más razonables, prudentes y prácticos, sacaríamos muchas consecuencias para nuestro futuro modo de vida.

Las enseñanzas que nos dé la experiencia del Covid, las veremos en germen estas primeras semanas en todas las ciudades de nuestro entorno: podríamos decir que cuanto más cambie la ciudad en la que vivimos en dirección de la salud y el bienestar público, más habremos aprendido de la pesadilla. Cuantos menos cambios haya en la ciudad, menos enseñanzas nos habrá aportado. Si el número de jardines, parques, árboles, no se comienza a incrementar, poco o nada habremos aprendido de cara al futuro. Si los espacios dedicados al tráfico rodado no disminuyen, aumentando los espacios de los vehículos no contaminantes y de los peatones, poco queremos saber de la realidad del cambio climático que ya estamos sufriendo. Si las instituciones de cuidado y educación de las/os niños no mejoran, así como las de los mayores, la dolorosa experiencia no habrá servido para nada, al menos colectivamente.

Ver estos días cómo una ciudad despierta, se pone en marcha, cobra vida, tranquilidad, alegría, es una sensación muy placentera, después de tantos meses oscuros: desde los pequeños detalles y encuentros con amigos y conocidos que parecían haber desaparecido, hasta las ofertas de ocio y cultura, que de nuevo se ofrecen: cines, teatros, conciertos, viajes, reuniones imposibles de pensar hace unos meses.

Incluso los peligrosos botellones juveniles se comprenden con facilidad, en este estallido de vida, si no fuera porque el abuso de alcohol es siempre mal consejero para la salud y para la sana diversión.

El miedo, útil defensa frente a lo dañino, ya ha pasado. Su puesto lo debe ocupar la prudencia y los deseos de cambios favorables a una mejor convivencia social. Con la prudencia y el respeto a la naturaleza, habremos ganado esta batalla, si no totalmente, sí lo suficiente para recuperar la necesaria alegría de vivir.