Otoño en la ventana 

No es solo otoño en cierta empresa de logo verde. Es otoño también en el corazón. Con su viento fresco y su comienzo de clases. Un otoño de los de verdad.

El otro día leí que en septiembre te vistes como de verdad quisieras vestirte y no en función del tiempo que haga. Creo firmemente en esta afirmación y veo en ella la perfecta definición del otoño. Esta estación, y en concreto este mes, es el tiempo de la verdad y del comienzo. Un comienzo que puede gustar más o menos, pero que es inevitable. Todo empieza y todo termina, aunque haya cosas que siempre sean iguales. El otoño, en su esencia, es inmutable. Siempre en las mismas fechas, con similares temperaturas y con rasgos constantes cada año. A día de hoy, las hojas continúan verdes, el cielo conserva su azul estival y las nubes se ven radiantes al ser cosidas con los rayos de sol a la bóveda celeste. Es visualmente verano, pese a las lluvias que más recuerdan a los últimos días de invierno. Pero el fresco se nota. Por eso no sabes muy bien qué ropa ponerte. Si te guías por lo que ves a través de la ventana, te llevarás un gran chasco. Sin embargo, si ves el telediario, comprobarás que más que verano, es una crónica de un invierno anunciado. Achicharrarse a la salida o congelarse en la entrada, dos caras de una misma moneda. Esta dualidad otoñal es un buen reflejo de lo que somos o de lo que queremos enseñar de nosotros. Eso sí, sin punto medio, pues algo así pasa en cada equinoccio. Esto es un otoño de los de verdad, de los que prefieres ver a través de la ventana.