Veinticinco con V de vida

Hace apenas dos semanas tuvo lugar la primera gran manifestación celebrada en España contra el suicidio, o lo que es lo mismo, a favor de la lucha contra ese hecho consumado o intentado que tantas preguntas sin respuesta provoca, de la prevención de sus causas y desencadenantes, del apoyo a sus miles de víctimas. Participaron políticos de Podemos, Ciudadanos y Más País, según recogen las crónicas del acto. La directora general de Salud Pública, Pilar Aparicio, recibió a los manifestantes en el Ministerio de Sanidad y argumentó que la pandemia ha retrasado la Estrategia para la Salud Mental.

Entre los presentes, Íñigo Errejón, quien expresó su deseo de “que el clamor ciudadano se convierta en una prioridad política”.  Ese mismo diputado, meses antes, durante la tramitación de la ley de eutanasia, que no ha habido pandemia que la demorase, espetó a algunos rivales políticos que opinaban diferente: “La victoria definitiva será cuando ustedes o sus familiares, ojalá nunca les haga falta, usen este derecho”. Obviamente fue de los que votó a favor, como también lo hicieron Ciudadanos y Podemos. Aprobaron y festejaron el “derecho” al suicidio, que era un clamor ciudadano según decían, en el cercano mes de marzo; se han manifestado para combatir el suicidio, porque es un clamor ciudadano según dicen, en este mes de septiembre.

Ponerse delante del espejo y atreverse a contemplar las incoherencias que cada uno experimentamos en nuestro día a día, cuando a menudo no hacemos lo que decimos, es un ejercicio para todos recomendable. Someternos al examen de la conciencia y, para los que creemos en el perdón de los pecados, acudir a los hermanos ofendidos y liberarnos en la confesión sacramental, es la segunda parte de un camino sin término en esta vida.

Sin embargo, la aceptación de ser incoherentes, de ser imperfectos, de ser pecadores, de no ser mejores que otros, no nos puede amordazar a los que afirmamos que el mundo sería cada vez más justo y más humano si las relaciones entre las personas y las naciones, si las leyes y los modos de vivir, se inspirasen en el Evangelio enseñado por la Santa Iglesia. Ante la exaltación obscena e inhumana de un “derecho” que “usar”, el de suicidarse, y que esa muerte sea tenida por una “victoria”, ¿habremos de guardar silencio, o debemos oponer, con toda nuestra debilidad evidente y toda nuestra fortaleza regalada, con todas nuestras sombras innegables y todas nuestras luces recibidas, el Evangelio de la Vida?

La oración, “relación viviente y personal con Dios vivo y verdadero” (CEC 2558), es en sí misma una primera acción que nos prepara para ese testimonio que damos, tambaleándonos al principio sobre la desconfianza en nuestras fuerzas y equilibrándonos luego sobre la roca que nos sustenta. La Iglesia de Salamanca, los creyentes que en ella compartimos tarea, reza desde hoy en una cadena diocesana de oración por la vida, especialmente, los días veinticinco de cada mes. Se invita a orar con las palabras del Ángel y de María a las doce del mediodía, o si no es posible, cuando uno pueda a lo largo de esa jornada mensual. Cada mes con una intención particular: los tentados por el suicidio y sus familias; los no nacidos y las madres gestantes en dificultad; los ancianos y enfermos terminales; los profesionales y voluntarios al servicio de la vida; las víctimas de la guerra y el terrorismo, del hambre y los genocidios, de tantas formas de violencia; las personas que arriesgan su vida en favor de los demás; los legisladores y gobernantes, para que dejen de ampararse la pena de muerte, el aborto y tantas leyes contrarias a la vida como esta última que garantiza en España la ayuda al suicidio…

Rezar por la vida el veinticinco de cada mes, como se nos invita a hacer desde hoy al mediodía en la Catedral de Salamanca, no es otra cosa que orar por los pecadores, que merecemos acogida sin excepción, y denunciar el pecado, que nos hiere y nos entrega a la muerte, vencida amorosamente en esa V en forma de Cruz que es la Vida y la Victoria de Cristo para siempre resucitado.