El septenio revolucionario

“Sí, ya sé lo que me vas a decir”, se me adelanta a menudo mi hijo Tomás poniendo esa cara que ponemos los hijos cuando ya sabemos lo que nos va a decir nuestro padre. “Lo de que te estás acordando del día que nací”. El momento que no tenemos en la memoria, el de ver la luz después de en torno a cuarenta semanas de vida silenciosa y creciente, nos lo habrán de recordar, con repetitivas y amorosas evocaciones, aquellos a los que ese instante les cambió su propia vida para siempre.

Dicen algunos que nuestro periplo vital se puede dividir en ciclos de siete años. A mí me salen esas cuentas, bastante aproximadas, si parto de mis primeros recuerdos y contemplo los sucesivos lugares donde he vivido o me he formado, las relaciones personales que he establecido, las opciones que he hecho y consolidado. Algunas realidades o presencias atraviesan todas estas etapas, entrelazadas, pero voy avalando la teoría y, justamente, llegaré en breve, Dios mediante, a un supuesto final de septenio. Sí, y también acabo de esperar siete años como buen sufridor de derrotas y festejador de victorias del Atlético de Madrid para levantar el trofeo que garantiza un mayor número de domingos alegres por temporada.

Siete años de vacas flacas y siete de vacas gordas, sueñan, interpretan y viven en el Génesis. Siete años para que descanse la tierra, para que se libere a los esclavos y se perdonen las deudas, prescriben en el Éxodo, en el Levítico y en el Deuteronomio. Setenta semanas, en realidad septenios, anuncian en la profecía de Daniel. Todo resuena cuando se repite el rito cada siete años, como en una vuelta hacia la perfección del Dios del tiempo y de la historia: así ocurre con algunos traslados de imágenes y romerías, o con los jubileos de la Vera Cruz en Caravaca.

Siete años que hoy celebro al culminar todo un septenio revolucionario. Mi Gloriosa particular, como la de 1868, fue en septiembre de 2014, tal 18 como hoy, y lo recuerdo como si fuera ahora mismo: “Sí, papá, que ya sé lo que me vas a decir…”. A mí me revolucionaron la vida el mismo día que se pronunció en Cádiz, porque en el siglo XIX no hacían más que pronunciarse, el almirante Topete (“¡Viva España con honra!”). En los paritorios de nuestro entrañable y destartalado Hospital Universitario, tras una inducción prolongada y un segundo intento de ventosa, porque allí no habría flota insurgente ni manifiestos rebeldes pero el sublevado venía con ganas de armarla, me pusieron entre los brazos a quien llegaba para declarar inaugurado este septenio revolucionario que he disfrutado como padre. Un septenio ya sin final. Indefinido hasta que Dios quiera, ese Dios que su Hijo, Jesucristo, nos ha revelado con rostro de Padre, porque así es como entramos en su amor, del que un día salimos hacia el silencio previo a la luz que no recordamos, y al que esperamos volver, al cabo de los septenios que nos sean otorgados en esta bendita tierra, con la memoria repleta. Feliz soy por estos primeros siete años de revolución, “ya lo sabes, hijo, pero tengo que decírtelo otra vez”.