Al atardecer de la vida 

Pablo estaba tumbado en su cama, la de su casa,  rodeado de su mujer, sus dos hijos y algún amigo muy cercano, de esos de verdad. Desde su lecho, podía contemplar la calle por la ventana próxima y sobre todo, ver el cielo, que ese día vestía de gris suave, al atardecer de aquel día, al atardecer de su vida. Y junto a las personas, los recuerdos en forma de fotos enmarcadas y libros sobre todo de historia y política. Sostenía de la mano derecha una medalla con una pequeña cruz que parecía no querer soltar y de la mano izquierda la mano de su esposa Lorena, compañera, amiga, amante, confesora y cómplice de tanta vida vivida y saboreada.  Apenas se podía mover desde hace días y ya las fuerzas iban escaseando. Necesitaba ayuda para cualquier acción aunque ésta fuera muy pequeña, como beber un simple sorbo de agua. Pero Pablo estaba tranquilo. Aunque su cuerpo mostraba signos de debilidad extrema y definitiva, su mente todavía tenía capacidad para la consciencia y el recuerdo. Y así, cerró los ojos para ver mejor.

Entonces Pablo recordó y recordó, y le venía una necesidad de dar gracias por todo lo que él había vivido. Dio gracias por la rosa de su existencia, incluso con sus espinas. Pablo era consciente, siempre lo fue, de que había recibido un don inmenso por haber nacido y haber caminado por senderos tan variados, aún no teniendo a veces claro el que tenía que seguir. Y siguió dando gracias por haber podido probar, experimentar, decidir, ser libre incluso para equivocarse. Sabía que había podido hacer daño a otras personas, pero ahora ya no le importaba, porque se sentía reconciliado con su propia historia.

Siempre había dicho cuando era un hombre sano y activo que el día en que dejara de ser, le gustaría estar consciente para dar gracias por su vida a Aquel a quien él siempre supo que le había posibilitado estar ahí. Y por añadidura, se sentía amado y acogido. Pablo sabía muy bien que la vida era un auténtico milagro y había tratado de exprimirla con todo su jugo en cada acontecimiento.

Su respiración era ahora más entrecortada y agarró más fuerte la mano de Lorena. Pablo volvió a abrir los ojos y miró por la ventana una vez más para clavar sus pupilas en aquellas nubes juguetonas que dibujaban siluetas de forma caprichosa. Entonces una leve sonrisa dibujó su rostro y unas gotas de fina lluvia comenzaron a acariciar la ventana de su habitación. Al golpear el cristal, marcaban un ritmo suave que parecía que Pablo quería seguir con los dedos, pero las manos dejaron de agarrar con fuerza la medalla y la mano de Lorena y su corazón dejó de bailar.

La lluvia se hizo más intensa. Al atardecer de su vida, Pablo marchó hacia un amanecer de una vida nueva. Allá donde fuera, sabía siempre que habría de encontrarse con un abrazo eterno y que esta historia, su historia, no había hecho más que empezar.