Más pitos que aplausos

Si no fuera porque en el incendio que sigue campeando a sus anchas por la provincia de Málaga ha perdido la vida un bombero, que es lo más terrible que puede pasar en estos casos, podría decirse que, al menos hasta ahora, el peor incendio de este verano ha sido el de la provincia de Ávila. Han sido tantos miles de hectáreas de terreno calcinadas, de cabezas de ganado muertas y de pastos arrasados por las llamas que muchos vecinos de los pueblos afectados no vivirán por ley natural para volverlos a ver como los vieron hace poco más de dos semanas. Ante estas tragedias medioambientales, económicas y sociales, siempre nos cuestionamos a qué obedece que de unos años para acá todos los incendios alcancen estos niveles tan desproporcionados.

Los entendidos le cargan todas las culpas al tan traído y llevado cambio climático, pero para mí que no trabaja solo, que tiene quien le eche una mano. Cuando yo era niña y veraneaba en un pueblo de la provincia raro era el año que no había uno o varios incendios. A veces eran provocados por una tormenta, a veces por unas chispas que nadie sabía de dónde venían, a veces por un sol de justicia que achicharraba los pájaros, que aunque ya se nos haya olvidado, también había olas de calor. Ante las primeras llamas tocaban las campanas a rebato, se corría la voz, acudían todos los vecinos con agua para sofocarlas, y todo quedaba en un gran susto. No es que tuvieran más medios y conocimientos que los expertos de hoy, es que por entonces los pueblos estaban llenos de gente y los vecinos, sin que nadie tuviera que pedírselo, se encargaban de quitar retamas, matojos y zarzales, que no todo en el campo es verde, útil y saludable, como quieren hacernos ver los que nunca pisaron en él. Ahora, sin embargo, están más vacíos que llenos, los vecinos que quedan suelen ser mayores, y los que van de vez en cuando no van a quitar malas hierbas precisamente. Si los campos estuvieran limpios, cuidados y vigilados, seguramente que el cambio climático no lo tendría tan fácil como lo tiene.

Ante la gravedad del siniestro la Junta de Castilla y León no tardó en dirigirse al Gobierno para solicitar que los municipios afectados fueran declarados zona catastrófica. Por su parte, esperemos que no sea una de esas promesas que los políticos hacen para salir del paso y luego las olvidan, en unos días ha puesto en marcha un plan para dotar a todas las provincias de la comunidad de más parques de bomberos y mejor distribuidos para evitar que un incendio que puede extinguirse en quince minutos como es el caso no vuelva a causar tantos destrozos por falta de servicios y tan distanciados unos de otros. Y aunque hay que celebrarlo porque más vale tarde que nunca, no deja de ser una reacción que merece más pitos que aplausos. ¿Cómo es posible que tengan que ocurrir estas catástrofes para habilitar medidas preventivas? Si ahora lo han podido hacer en unos días, mejor lo han podido hacer antes y no lo han hecho. No hay que ser muy expertos para saber que con la llegada del verano, los pueblos vacíos, los pastos sin ganado y el campo cubierto de maleza, el riesgo de incendios es cada año más alto. Y es triste que sean los incendios quienes tienen que recordárselo.