Las personas mayores caminan entre obstáculos heroicamente

En el artículo de la semana pasada me centré en las dificultades de las niñas/os y adolescentes durante la pandemia y no puedo por menos de referirme en este, a la población de personas mayores de nuestro país (aproximadamente de 65 años en adelante) y los obstáculos que han encontrado y siguen encontrando a lo largo de la pandemia ( excepto esos miles que durante la epidemia nos han dejado).

En términos generales el proceso de envejecimiento es la última etapa del ser humano y se caracteriza por la aparición de paulatinos cambios y deterioros en sus capacidades físicas y cognitivas. La imagen metafórica que mejor describe el proceso de envejecimiento es la de la mujer u hombre subiendo con fatiga una montaña y percibiéndose con menores fuerzas físicas a medida que asciende, y con mayor amplitud de visión de todo lo que contempla desde arriba de la montaña. Es decir la metáfora señala claramente el progresivo deterioro del organismo y paralelamente el aumento de la capacidad de comprender el mundo y la sociedad en el complejo entramado en el que ha vivido y aún vive.

Este proceso se da en situaciones o épocas normales, pero se hace más intenso cuando se produce una crisis general, como es el caso de una pandemia. Durante este largo año y medio las personas mayores no solamente han sido a priori las más vulnerables frente al coronavirus, sino que, además, son las que más han vivido las consecuencias de una cadena de fallos en los sistemas de asistencia ( medicina asistencial) y cuidados ( servicios sociales) cuando eran más necesarios.

Dejando ahora aquí el trágico destino de lo sucedido en las residencias de mayores, limitémonos a señalar los cambios y/o deterioros de la atención primaria: los centros de salud, como centro de la salud de los mayores han estado cerrados o casi cerrados, utilizándose las llamadas telefónicas para paliar la ausencia física del médico de cabecera. Y sigue actualmente la misma situación. La gran mayoría de los mayores, beneficiarios de la seguridad social, no han visto presencialmente durante estos 18 meses ni una vez a su médico de cabecera. Menos aún a los especialistas.

Han tenido que centrarse en sus propios recursos, en su valentía, en su sentido común, en los consejos de amigos y conocidos, para ir solventando todos los agujeros que encontraban a su paso diario. Han tenido que dejar como fondo el miedo a ese virus desconocido tan contagioso, enfrentarse en muchos casos a una soledad cotidiana que podía convertirse en aliada de la enfermedad, o a situaciones familiares necesitadas de atención económica o emocional.

La mujer, el hombre mayor de nuestro país no se han visto a sí mismos con la imagen de héroes en la lucha, pero cualquier observador objetivo los ha tenido que ver así: héroes anónimos, luchando por sí mismos y por los demás, con paciencia, muchos con sabiduría, casi todos con sentido común, sacando fuerzas no de flaqueza (como se dice) sino de una fortaleza demostrada a lo largo de toda una vida. Numerosos hijos han visto así a su madre, a su padre, numerosísimos nietos han visto al abuelo/a (aunque aún desconozcan los significados y trascendencia de ese heroísmo) como la imagen del héroe, del faro que les guiará en los momentos difíciles que encontrarán en su futuro.

Muchas gracias a toda la generación de esos padres siempre luchadores, que han tenido que enfrentarse con una última e inesperada batalla, casi siempre solos, pero esperanzados.