Almas que vuelan en silencio

Parece una especie de tabú en nuestra sociedad abordar el tema, pero por mucho que miremos hacia otro lado, la triste realidad nos dice que los suicidios se cobran cada año numerosas vidas en nuestro país, siendo frecuentemente causados por problemas de índole económico-laboral, pero también por otros aspectos como el amoroso, o la falta de empatía de otras personas, que se ceban con aquellos miembros de nuestra sociedad que por una u otra razón se encuentran débiles en un determinado momento de su vida, o que pertenecen a un colectivo que pueda considerarse minoritario.

 

En el caso concreto de nuestra provincia, han sido 568 los salmantinos que han perdido la vida a causa del suicidio o autolesiones en el periodo 2000-2019, en el que el pico de muertes por esta causa se alcanzó en el año 2008, cuando se llegó a las 43, cifra tras la cual presumiblemente se encontraría la crisis económica estallada entonces, que llevó a la ruina a no pocos paisanos, y que hizo que se multiplicase la tragedia silenciada de los suicidios, pasando de los 19 fallecidos por ello en 2007 a los mencionados 43 de 2008.

 

Tras dicho pico, las cifras empezaron a tener una evolución esperanzadora, al ir reduciéndose cada año, hasta que en el año 2012 volvieron a crecer, con una tendencia al alza que duró hasta 2014, con una notable caída en 2015 que hacía ver con cierta esperanza unos datos que nunca serán buenos hasta que se llegue a las cero muertes.

 

Y es que, tras los números que recoge anualmente el Instituto Nacional de Estadística (INE) como fallecidos por suicidio, siempre hay una tragedia no sólo personal, sino que sobre todo y especialmente sufren las familias de esos fallecidos, que en la mayor parte de los casos no acaban de entender el por qué de dicho resultado fatídico, que suele verse acompañado por la introversión de quien decide poner punto y final a su existencia, guardándose para sí sus problemas, ante la dificultad de exponerlos.

 

En este aspecto, contar los dramas personales, los traumas, es siempre un trance difícil de afrontar, dependiendo en buena medida de la sensibilidad de la persona afectada el que dé el paso de contarlo o no, aún y cuando su entorno más cercano (padre, madre, etc.) siempre estará dispuesto a escuchar, apoyando para poder salir de ese bache anímico, debiendo tenerse, no obstante, mucho tacto con las palabras que se empleen para evitar que la persona afectada pueda tomar el mensaje en el sentido contrario al que se pretende dar.

 

En todo caso, y desgraciadamente, nuestra provincia está viviendo un repunte de muertes por suicidio desde el año 2016 (con el único dato a la baja de 2018 desde entonces), arrojando el último dato definitivo de año completo publicado por el INE (el de 2019) 36 defunciones por dicho motivo en tierras salmantinas, siendo el segundo peor dato de la última década (solamente superado por los 39 de 2014) y el tercero peor desde los primeros registros que ofrece el INE (esto es, desde 1980), solo superado por las cifras de 2008 y 2014.

 

Por último, cabe apuntar que estos preocupantes datos nos deben hacer reflexionar sobre la necesidad de arroparnos emocionalmente como sociedad, aprender a escuchar, y respetar y tener paciencia con todos los que nos rodean, no debiendo volcar nuestras frustraciones o malestar hacia los demás, pues cada uno arrastra sus propios problemas y añadir negatividad innecesariamente no aporta absolutamente nada. Es cierto que nos encontramos en una provincia en la que las buenas noticias se dan con cuentagotas, con un horizonte laboral que pocas veces ofrece alternativas más allá de la precariedad o la emigración, pero hemos de ser conscientes de que la vida siempre nos reserva cosas buenas y alegrías, por muchos baches que podamos pasar, y precisamente superar las dificultades nos permite disfrutar mucho más de las cosas buenas. Ojalá entre todos, con más empatía y positividad, logremos doblegar la curva de suicidios de nuestra provincia y acercarla a la cifra que debería tener: cero, acabando con ello con el mazazo moral y anímico que supone para los familiares una muerte por suicidio.