Aires de cambio 

Los transeúntes de la ciudad provinciana hemos aprendido a levantar la mano para que se detenga el bus urbano en las paradas y el solo gesto nos recuerda las calles neoyorquinas, la película en la que glamurosas mujeres cargadas de bolsas de grandes marcas y hombres trajeados levantan un brazo para llamar al taxi amarillo de todas las escenas. Tenemos un sustrato cinematográfico de fotos fijas y rostros detenidos, de bandas sonoras con apellido griego y bailarines con la virilidad de un Anthony Quinn, o la gracia de un tronante Fernán Gómez… ¿Dónde la memoria de su gesto, la voz que sale de las entrañas en películas que parecemos haber dejado en el recuerdo de programaciones unigénitas que nos educaban en el blanco y negro del cine clásico, de la exquisita comedia española de actores magníficos? Los tiempos nos reducen al salón de la casa, a la intimidad de la pantalla, incluso, a la pequeñez de la Tablet, a la mirada enmarcada de lo cada vez más íntimo y diminuto. El mundo en el recuadro luminoso de aquello que nos inclina la testuz, nos aísla y nos sujeta.

Levanto el brazo y se para graciosamente el autobús que recorre la ciudad como una sucesión de puntadas y paradas, llevándonos al centro de cada día, a la periferia del trabajo o del encargo. El curso se inicia con su rumor de papeleos, sus buenos propósitos, sus exámenes con retraso y sus rostros novedosos. Los chicos crecen, pero no en sabiduría y espero que sí en bondad, y apuran los días más frescos, el verano que se ha gastado en los bolsillos demasiado rápido por no hacer mudanza en la costumbre, mientras en un país lejano se reparten el botín de la guerra y las mujeres se repliegan bajo sus burkas que tanto dolor e impotencia esconden. La luz se angosta y las tierras dejan un rastro de nubes que cada vez se harán más presentes, más hermosas, cielo de septiembre preñado de promesas de comienzo, de lluvias para la sementera, de recorridos que amamos por las sempiternas sendas del corazón. Volvemos todos a encontrar la mesa que ha de llenarse, la tienda que levanta la trapa de nuevo, la vendimia de todo lo que recogemos con esas quiméricas esperanzas… y camino por la ciudad aún lenta y vacía de los madrugadores, parándome a levantar el brazo, dejando que pase el tráfico aún escaso, aún riachuelo que circula por las venas de un cuerpo cansado de los afanes del verano, de los regresos de finales de agosto. Me pregunto dónde estarán el cine, la imagen que es icono, el gesto detenido en nuestra memoria mental, la ficción, la magia, la sorpresa, mientras, la realidad cose su cotidiano retal de cada día.  

 

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.