El verano de los pueblos

El pueblo bulle en verano la llegada de quienes buscan la raíz, la fiesta, el contacto con los suyos, la estancia barata, el niño recogido… y las calles revientan de coches, de gentes que cambian en pulso acelerado de los días por la galbana feliz del calor, de la falta de horarios, de ese verano que parece eterno y que revienta en una tormenta eléctrica más allá del 24 de agosto.

-Para la buena sementera, el agua de San Bartolomé, la primera.

Por las carreteras nacionales me pilla la lluvia feroz, corta e intensa, rayos y truenos que refrescan un calor que se ha estirado, gato dormido, durante este mes de vacaciones. Y entra en el coche un aire de otoño fresco y estimulante, la feria de septiembre y su aroma de vid y recogida, su arado sobre la tierra. La sementera acaba con el espigadero, con la tierra de paja recortada, sus geometrías de alpacas, su vacío amarillo en el que asoma, a punto de volverse marrón y quebradizo, el girasol.

-El agua de San Bartolomé…

Santos de devocionario en el calendario que tacho en la pared de la cocina. Una de mis compañeras de trabajo dijo un día que ella, si no lo apuntaba en el disco duro, no lo recordaba… para explicar después que su disco duro era precisamente el calendario de la cocina… aquel que buscamos en diciembre grande y especioso para que quepan las reuniones, las citas médicas, las fiestas de guardar, los cumpleaños, el debe y el haber de los trabajos y los días. Ni agenda en el móvil ni Tablet, el calendario de la cocina bien marcado para mirarlo todas las mañanas con la taza de café humeando en la mano, el ojo aún cerrado cuando toca madrugar y hace frío y epseramos el viernes. Es aún agosto y ya asoman los anuncios de la vuelta al cole, las mangas largas de la moda otoño-invierno que se impone mientras aún estamos sudando el verano tardío, el septiembre de ferias y fiestas que algunos usan para sus vacaciones porque hay menos gentío en los viajes que hemos llenado a pesar del miedo y las recomendaciones…

-El agua de San Bartolomé…

Es la santería de los tiempos agrarios, los hitos de las estaciones, del calendario del hortelano, las obligaciones de la labor. Las tardes se van acortando y la tormenta nos recuerda, ruidosa y breve, el fin del verano con su trasiego de coches, su recogida de maletas, su calle pueblerina por fin vacía de veraneantes, se van los extranjeros, decía mi abuela, y la piscina recoge su tensa, azul realidad de agua quieta. Es el regreso que miramos aquellos que no nos hemos ido mientras la lluvia, novedosa, bendita, cae encima de mi coche, nunca suficiente.  

 

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.