La avaricia y el deseo de enriquecimiento… El metílico en Orense.

Fue Franciscus Sylvius, profesor de la Facultad de Medicina de la ciudad de Leyden (Holanda), quien destiló el fruto del enebro con alcohol puro para producir una medicina. El objetivo era aprovechar las propiedades beneficiosas que tenía ese fruto para el riñón. Después los ingleses lo refinaron y lo popularizaron entre su población hasta que se convirtió en un problema.

El responsable fue el Rey holandés Guillermo de Orange que, cuando accedió al trono británico en 1698 como Guillermo III, se llevó consigo la fórmula de la ginebra. Pronto se convirtió en un problema, puesto que el consumo se les fue de las manos a los ingleses. Los soldados que volvían de los Países Bajos comenzaron a beberla en cantidades ingentes y no como medicina.

Utilizaban el pretexto de la prescripción médica, aunque este no existiera. Los empresarios vieron la oportunidad y no dudaron en añadir a la bebida cualquier tipo de aditivo para reducir el coste, hacer el sabor aceptable y enriquecerse. Era como si la población más pobre, que aspiraba a beber como el Rey, aceptara cualquier ginebra sin darse cuenta de que ellos no podían permitirse la ginebra que bebía el Monarca.

Cada día recordamos como en Orense no (Ourense) ya que estoy escribiendo en castellano,  lloramos por aquellos que nos dejaron ¿motivo? Comprar una botella de licor café, aguardiente o ginebra.

Fin, al igual que ocurrió en Holanda, enriquecimiento fácil,  a costa de segar vida o dejar inútiles a quien consumía aguardiente, licor café o ginebra. Por supuesto que  los adulteradores de tal alcohol sabían que el METILICO no es acto para consumo humano

Era muy niña, pero recuerdo con tristeza, saber que una prima de mamá murió por tomar un chupito de aguardiente, Carballino.

 ¿Quién se paseo por Orense como si nada hubiera pasado, incluso, portando el distintivo de la Cofradía de Santo Cristo? Un asesino de manos blancas. Relato a continuación lo que la Voz de Galicia ha recordado… mucho mas se tendría que decir de personas sin escrúpulos, cuyo único fin era enriquecimiento fácil y rápido. No importaba el reguero de muerte y discapacitados que dejaron en el camino.

El 18 de febrero de 1963 fallecía en Haría (Lanzarote) Esteban Jesús Pablo Barreto. Lo hizo de madrugada «entre fuertes dolores abdominales, vómitos y una súbita ceguera». Fue la primera víctima, de la que se tenga constancia, de la intoxicación por alcohol metílico y murió tras tomar unas copas de ron en un bar de Haría. El 1 de marzo lo hacía, en similares circunstancias, la enterradora del municipio, María Dolores Zerpa. Y a partir de ahí comenzó un reguero de muertes en todo el Estado, que dejó 51 personas fallecidas y nueve afectados -cinco de ellos por ceguera- por envenenamiento con alcohol metílico, usado de forma fraudulenta para la elaboración de aguardientes, licor café, ron y vinagres. Fue el conocido como caso del metílico, del que ahora se cumplen 50 años.

Canarias y Ourense

Simultáneamente a los casos que se registraban en Canarias fueron sucediéndose muertes en Galicia, sobre todo en la provincia de Ourense. En Cea, el médico José Novoa sospechó que la muerte de un vecino, el 20 de abril, podía tener relación con las registradas en Canarias, toda vez que a finales de 1962 un labrador «había muerto muy rápido» y el 21 de febrero de 1963 se había dado un caso similar. Al constatar que había bebido licor café antes de fallecer, el médico puso los hechos en conocimiento de la Guardia Civil por posible intoxicación.

La muerte silenciosa e invisible, y en la mayor parte de los casos cursaba con fuertes dolores de cabeza, siguió actuando hasta que no se localizaron los asesinos destruyeron partidas de bebidas elaboradas con alcohol metílico, cuyo uso estaba prohibido para el consumo humano. El balance dejó 51 cadáveres: 25 en Orense, 13 en la comarca de O Carballiño, 7 en A Coruña. De los 9 supervivientes -cinco en Ourense, dos en A Coruña y dos en Las Palmas-, cinco quedaron ciegos de por vida, (niño de 14 años acompañado de su padre caminaba a diario por el lugar del asesino de su hijito). Niños a los que su padres compraban “el mencionado licor” algo frecuente en ciudadanos con poca formación y alimentados por la leyenda popular: ayudado con yema de huevo estimula de apetito.

En el juicio por el caso del metílico, celebrado en 1967, el fiscal Fernando Seoane mostró su convencimiento de que “fueron miles” los fallecidos o intoxicados por las bebidas ponzoñosas, vaticinó que nunca se llegaría a saber con exactitud al no relacionarse los síntomas con las bebidas consumidas, por la distribución realizada y por la “mala imagen” asociada a la muerte por consumo de alcohol, sobre todo en mujeres, adolescentes y niños.

La avaricia de un empresario

El principal responsable del fraude fue el empresario orensano Rogelio Aguiar Fernández, propietario de Bodegas Aragón, que inició la compra de alcohol metílico, más barato que el alcohol etílico y, por lo tanto, con mayor beneficio para la firma al producir a menores costes, para usarlo como materia prima para la elaboración de diferentes bebidas alcohólicas. En algunos casos, Aguiar vendía sus propias bebidas adulteradas -los bidones de Alcoholes Aroca llegaban con la advertencia “Mercancía de libre circulación, venta y precio. No apta para el consumo humano” y en otros casos, como quedó probado en el juicio, vendía alcohol metílico a otros empresarios en menor escala, para la elaboración de sus propias bebidas, como las firmas Lago e Hijos (Vigo) o Industrias Rosol (A Coruña). El juicio del caso del metílico, el gran escándalo de la época, se saldó con condenas muy cortas para el daño producido:

Rogelio Aguiar Fernández (19 años), su mujer y cómplice, María Ferreiro (12 años), Román Rafael Saturno Lago (17 años), Román Gerardo Lago Álvarez (17 años), Luis Barral Iglesias (17 años), Ricardo Debén Gallego (12 años).

Ninguno cumplió integra la condena, fueron indultados por los 25 años de Paz franquista.

Carrero Blanco y “su censura”

La sentencia llevaba aparejadas consigo importantes indemnizaciones, que nunca se llegaron a pagar. Además, tanto el fiscal Fernando Seoane como el joven juez José Cora, cursaron sendas diligencias para establecer la responsabilidad del Estado por “la total falta de control en el comercio de alcohol metílico y en la elaboración de licores”. Tras la vaguedad de las respuestas, Seoane solicitó al Ministerio de Presidencia, bajo el mando de Carrero Blanco, que identificase a los funcionarios con competencias en el caso. El ministerio respondió que los funcionarios habían actuado correctamente, y que el instructor de Orense carecía de competencias. El escrito de José Cora se archivó.

Estos asesinos de manos blancas, si alguno vive, seguirán disfrutando de estupenda salud. ¡Que el Señor haga justicia a quienes sembraron de muerte y desprestigio Galicia!