La herida

“No es dolor corporal sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto.” Santa Teresa de Jesús, Libro de la Vida. Capítulo 29, 13.

Santa Teresa de Jesús se encontraba en el hogar de una de sus mejores amigas, doña Guiomar de Ulloa, cuando experimentó la llamada “transverberación” o “éxtasis”. En su libro autobiográfico, Vida, la Santa narra cada detalle de este suceso. Empieza con una aparición angelical: Un pequeño y hermoso ángel, posiblemente un querubín, carga con una flecha dorada terminada en una punta de hierro en llamas. Santa Teresa lo observa detenidamente antes de ser “herida por el amor divino”. El ángel clava el dardo en su corazón varias veces llegándole hasta las entrañas y provocando que Teresa sufriera por el dolor causado. De forma antitética y al mismo tiempo, el dardo también le produce gozo por la suavidad con la que se inserta. Al sacarlo, Santa Teresa queda “abrasada por el amor divino” el cual sustituiría a sus entrañas, ya que estas serían llevadas por el ángel. La mujer cuenta más adelante cómo se siente tras este tipo de sucesos. Tras el dolor combinado con el gozo, solo queda una pena enorme en su alma. Pese a esto, Teresa disfrutaba de estos momentos. Se quedaba con la única compañía del dolor en el corazón y del júbilo de la divinidad: “parece arrebata el Señor el alma y la pone en éxtasis, y así no hay lugar de tener pena ni de padecer, porque viene luego el gozar.”

Hay muchas maneras de interpretar el arrobamiento místico que no solo experimentó la santa abulense, pero más que la interpretación, a mí me gusta disfrutar del arte creado en torno a la transverberación. El mejor lugar para disfrutar de la iconografía teresiana no es otro que Alba de Tormes. En el Convento de la Anunciación descansan los restos de la mujer andariega y en él se pueden ver numerosas representaciones de su vida, como su encuentro con San Juan de la Cruz. Yo me fijé en su momento en esta pequeña pintura ubicada en uno de los retablos laterales. En ella, un ángel de rostro infantil rodea a Teresa con el brazo izquierdo y con el derecho clava el dardo de oro. Va vestido con una túnica roja salmón con amplios pliegues y en movimiento por un viento imaginario. Además, lleva también una larga tela azul a la altura de la cintura que también levita. El ángel da sensación de ligereza y dulzura, no busca hacer daño a Santa Teresa, sino clavar en ella el amor de Dios. En contraposición suya, Teresa se encuentra arrodillada frente a su altar de oración particular. Viendo interrumpida su oración por la aparición del ángel, abre sus brazos y acepta la voluntad divina. Su mirada es también dulce y parece observar cada facción del bello ángel. Hay una conexión de miradas. No se ve ningún rastro de dolor en la mujer. El hábito carmelita de Santa Teresa no se ve afectado por ningún viento, por lo que se crea un contraste: La liviandad divina del ángel, frente a la pesadez humana. Ambas figuras crean una composición diagonal idéntica con sus cuerpos y manos, rechazando la verticalidad y añadiendo dinamismo. Se podría decir que está dividido en dos partes: La izquierda correspondería con la parte celestial, con nubes claras y algunas cabezas de ángeles. Su protagonista es el querubín. En la derecha se puede ver entre la oscuridad una mesa con un crucifijo, una hoja, una pluma y un reloj de arena. Este reloj puede recordarnos a los vanitas barrocos, en representación de la fugacidad de la vida terrenal. Y en el centro de la pintura, Santa Teresa de Jesús. Entre el cielo y la tierra, siempre Santa Teresa.

Recomiendo encarecidamente la visita al museo CARMUS, así como subir al camarín del sepulcro, donde también se puede ver otra transverberación más especial.