El viento lleva nuestras palabras

Con mis padres, las imágenes, dolorosas imágenes de las noticias, acompañan la comida con su despliegue tristísimo, reiterado… y para zanjar el silencio que provoca la desgracia alguien intenta contentar, consolar diciendo… eso, eso está muy lejos…

Tan lejos como el hecho de que en mi instituto hemos tenido algún muchacho venido en patera, desarraigado, extraño, difícil… tan lejos como el hecho de que hemos enseñado durante veinte años las virtudes del mundo occidental a un país desértico para abandonarlo ahora a su trágica suerte… Lejos. La crisis de Afganistán y sobre todo, la de los menores de Ceuta sobrevuela la comida dominical hasta que alguien tiene el gesto misericorde de quitar la televisión. Sin embargo, la inutilidad de todo, la incapacidad de todo nos enturbia el agua del verano, la alegría del encuentro. Ceuta está a la misma distancia que este país horadado de túneles y de historia violenta por donde vagan, vestidos de tiempos pasados y armados de desolador futuro, hombres de profunda, violenta mirada a la cámara. La misma mirada que fascinó en su día a una de las mujeres que me regaló en su generosidad infinita la escritora mexicana Elena Poniatowska.

-¿Me acompañas a Oviedo?

En la ciudad de la Regenta, Elena daba unas charlas mientras la ciudad se aprestaba a entregar los Premios Príncipe de Asturias, y se las arregló para que la acompañara a escuchar a la escritora inglesa Doris Lessing, a quien más tarde, ratificando el carácter profético de los Premios asturianos, darían el Nobel de Literatura en el 2007. La sala, en respetuoso silencio, aplaudió la entrada de una mujer mayor, sobria y callada de discurso contundente pese a su tono monocorde que solo se quebró cuando dijo con una sonrisa “Lo sorprendente es que ustedes piensen que yo sé más que ustedes”. Nacida en Irán, criada en Rhodesia y dueña de una clarividencia implacable, Lessing habló de su obra literaria, sí, pero sobre todo de esas mujeres que ella conoció en África, en Pakistán y en ese Afganistán que ahora nos duele tanto. Estábamos en el 2001 y ella iba a publicar un libro sobre el país titulado “El viento lleva nuestras palabras”, un recorrido por la historia y la experiencia de un viaje al que entregó sus energías y una empatía sin estridencias: Lessing no era una activista al uso. Ella llegaba, observaba, hablaba –conocía la lengua afgana y entró en contacto con las mujeres muy profundamente- escribía y permanecía absolutamente escéptica a todo lo que sus palabras pudieran desatar. La autora de una obra tan desoladora sobre nuestros infructuosos intentos occidentales de arreglar el mundo como “El sueño más dulce”, no tenía ninguna esperanza de que los norteamericanos lograran influir en este desolado, huérfano, patético país como ella lo describiera entonces.

Doris Lessing murió en Londres y sus palabras no se las llevó el viento. Siguen dolorosamente ciertas describiendo a un país al que quisimos llevar un soplo de aire que ahora, nos rebota en la cara. El tiempo se ha detenido y la estampida de salida es un éxodo patético, inútil como el sacrificio de tanta gente que se dejó allí la vida y el ánimo. Lessing hace veinte años predijo este fracaso mientras hablaba, seria, consciente de la vaguedad de todos los sueños de modernización, de todo el futuro que queremos con tanta inocencia. Ella no se callaba a pesar de todo… y como Elena Poniatowska, dueña también de la constancia en la defensa de las mujeres y de aquellos que no tienen voz para gritarnos su desamparo, no dejaba que el viento se llevase sus páginas. Aquellas que son más poderosas que las armas…      

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.