Convicciones e incertidumbres desde un centro de salud rural

Entre la pandemia que no acaba y la reorganización que no llega. Así transcurre el verano en un centro de salud rural, uno de tantos en León y Castilla, uno cualquiera de la comunidad autónoma que tiene abiertos más centros de salud rurales y más consultorios locales de toda España. El mío, de vez en cuando, salta a los titulares, porque es el de Aliste, el del famoso “plan piloto” de reordenación de la sanidad rural, pero ni en el fondo ni en la forma eran tantas las novedades que finalmente se aspiraban a pilotar cuando una pandemia le dio la vuelta a cualquier atisbo de plan preconcebido.

Desde aquellas inolvidables jornadas ya han pasado más de diecisiete meses y muchas circunstancias inesperadas, a las que nos hemos adaptado mejor o peor, pero si en algo se asemejan los primeros días de marzo de 2020 y estos últimos es en las declaraciones de la consejera de Sanidad de la Junta de Castilla y León, Verónica Casado, que entonces y ahora reivindica su intención, su capacidad y sus ganas de emprender una reorganización de la Atención Primaria de Salud en nuestra región. No quiere dejarla “morir por lisis”, ha declarado gráficamente, utilizando el mismo símil de algunos médicos interinos que, al contrario, postulaban ese desenlace para sus carreras profesionales, en lo que al estatus jurídico se refiere.

Mientras la consejera Casado asoma la baraja de sus propósitos reorganizadores, sin que aún haya levantado las cartas sobre la mesa, desde el partido principal que sostiene su gobierno se declara, reiteradamente, que “no se va a suprimir ni una plaza de médico en el medio rural”. Esto tendrán que aclararlo y decidirlo los gestores sanitarios, en diálogo con los pacientes y los profesionales, pero no parece encajar esa promesa de no suprimir ninguna plaza con la idea de la consejera de reordenar los cupos de pacientes asignados a cada médico. Pongo como ejemplo el mío: soy el médico de siete núcleos de población, siendo la distancia mayor entre ellos de 16 kms, aunque alguno está enclavado entre maravillosos altos y valles dignos de vuelta ciclista, con lo que no son 16 kms cualquiera. En total los pacientes son 633, de los que 169 están dados de alta como desplazados en la zona (muchos de ellos no solamente residen en verano, sino durante casi medio año o incluso más). Ciñéndonos a la población estable, o fija, el número de pacientes es de 204, 149, 51, 29, 17, 10 y 4. Los consultorios son seis, pero curiosamente dos no constan en el registro oficial de Sacyl. El perfil de paciente, es fácil deducirlo, anciano y con diversidad y complejidad de enfermedades; a menudo vive solo, o con su cónyuge de similares características. La mayoría residen a 70 o más kilómetros del hospital.

Conforme a la normativa vigente desde 1991, en mis consultorios se pasan cinco consultas cada semana: tres en el pueblo de 204/263 habitantes, San Vitero, y dos en el de 149/179, San Juan del Rebollar. A los otros pueblos acudo para urgencias siempre que es necesario y para visitas programadas en consultorio o domicilio con la frecuencia (escasa en verano) que me permite la obligación de tener que cubrir las consultas y las urgencias de los compañeros ausentes: por bajas que no se sustituyen, por permisos vacacionales, o porque salen de guardia. Al menos hemos logrado implantar los cambios de día de consulta en estos casos: mejor cambiar de día que cambiar de médico. Junto a ello, es de gran ayuda que un alto porcentaje de la agenda sea concertada por el propio médico, por ejemplo para el seguimiento o reevaluación de procesos agudos o crónicos o la revisión de resultados de pruebas complementarias. Así se ahorran llamadas a una centralita realmente colapsada, que los auxiliares administrativos, por limitaciones técnicas, no logran atender con la rapidez que a todos nos gustaría. Tampoco, a día de hoy, contamos con conexión de internet ni con cobertura telefónica en todos los consultorios de la comarca, una traba más a combatir.

No son pocos los cambios de día de consulta, al menos en mi centro de salud, porque los médicos que trabajamos en la atención continuada estamos de guardia el doble de días de lo ordinario. Es la única forma de garantizar, a duras penas y gracias al apoyo de algunos compañeros de Emergencias, que conservemos dos médicos de guardia (por desgracia, enfermero sólo hay uno).  Se nos antoja irrenunciable en una zona con distancias de más de sesenta kilómetros de punta a punta, pero esto redunda en una pérdida de días de consulta ordinaria: no puede llegarse a todo. En varios centros de salud ya se ha perdido ese segundo médico de guardia mientras se ensaya, al parecer, la implantación de servicios de urgencias consistentes en un transporte sanitario con enfermero y se busca potenciar la toma de decisiones a distancia a través de la telemedicina.

Junto a la convicción, tiene razón la consejera, de que habrá que desarrollar transformaciones en la Atención Primaria para desburocratizarla, hacerla más atractiva, darla a conocer a los nuevos médicos para que la consideren como su opción y aprovechar el potencial de los enfermeros (que ya escasean) para que también la elijan y desarrollen su buena formación, no es menor la incertidumbre acerca del modo de actuar: ¿se está siendo claro en el proceso o surgen ideas contradictorias?, ¿por qué no se terminan  de diseñar incentivos concretos para los sanitarios destinados en zonas de demostrada difícil cobertura?, ¿pueden sustituirse sin más médicos de guardia por enfermeros y monitores?, ¿qué lugar ocupan en esta coyuntura las oposiciones y concursos de traslado pendientes de resolver cuando se intuye un notable cambio del mapa de plazas en la región?

Cuando la reorganización no llega pero se adivina próxima, la pandemia ya va por su quinta ola, que no será la última. Se escribe tanto sobre ella y afloran tantos expertos que mientras haya olas tendrán palabras que decir. Desde aquí, en lo que pasan los meses y vamos recibiendo nuevas actualizaciones de protocolos, hasta que llegue ese día en que la situación epidemiológica no nos obligue a indicar aislamientos ni a aconsejar que se extremen precauciones, me permito recordar una vez más que esas decisiones médicas no son por fastidiar. Que no estamos involucrados en un contubernio mundial para tumbar la economía o para intervenir sobre las conciencias. Simplemente resulta de sentido común que, si tienes síntomas, no te relaciones socialmente, no renuncies a la mascarilla. O que si eres diagnosticado de Covid no ocultes tus contactos por no chafar las vacaciones o por no quedar mal. No es mucho pedir. Tengo la convicción de que debemos y podemos hacerlo, pero me hiere otra incertidumbre: la de que no queremos.

En la fotografía, el Centro de Salud Aliste (Alcañices, Zamora)