Renovar el carnet de Unionistas nunca se olvida

Quizá sea porque nos asalta la nostalgia de aquel primer carnet de “socio fundador” solicitado en una pizzería, en un bar o en una academia de inglés, como fue mi caso, o a través de internet a cientos o miles de kilómetros de distancia de la ciudad donde había jugado durante noventa años el que, pase lo que pase, siempre será el equipo más grande de la historia.

Es posible que tenga importancia esa primera asamblea de socios a la que acudimos, o ese elenco de propuestas de escudos e indumentarias, o esas posibilidades para el himno, o esas incertidumbres sobre dónde jugaríamos nuestros partidos cuando el club recién nacido tuviera once futbolistas a los que llevar en volandas desde el pitido inicial hasta el final.

También pesará el estreno en Santa Marta, cuando declinaba el verano de 2014 y aquellos iluminados que no sabían en qué se andaban (“son un equipo de cafeterías”) ya tenían alineación para salir a competir en la categoría donde comienzan los clubes, en la más baja de todas, en la Provincial.

Influirá el primer ascenso, tan ilusionante en La Sindical, y el segundo, todo un salto de Regional a Tercera, invictos por los campos de Zamora, León, Valladolid y Salamanca: “Todos los momentos que viví, todos los pueblos donde te seguí…”.

Tendrá valor la entereza demostrada tras el baño de realidad en Játiva, porque las derrotas crueles, si se asumen, ayudan a construir las victorias más felices, como la sucedida en Las Pistas al verano siguiente, otro verano en que volvimos a cumplir con la costumbre, y esa vez ya con derecho a ver partidos de Segunda B, donde nos había dejado de latir el equipo más grande de la historia.

Contribuirá un romanticismo bien entendido porque, a la hora de la verdad, de las cuentas claras y los proyectos sólidos, somos los más pragmáticos por estatutos y porque así debe ser. Claro que no nos daba igual UD Salamanca que Salamanca UD, pero tampoco nos valen las tinieblas en el ejercicio económico ni compramos las contradicciones institucionales, que van de la falacia (“Vuelve la Unión”) al negacionismo (“Nunca nos fuimos”); sobre los sentimientos personales de cada cual no juzgo.

Será de ayuda la emoción de haber honrado al fútbol de siempre en una noche del último invierno normal, cuando se podían llenar los campos, y nosotros abarrotamos el nuestro, el que cayó en suerte, para recibir a todo un Real Madrid en la Copa del Rey, y donde solamente se celebró el gol local, como pasa en las gradas seguras de sí mismas.

Por todo eso, y por mucho más, porque es una manera no exclusiva pero sí hermosa de homenajear a aquella Unión Deportiva Salamanca de escasa afición en la ciudad (no nos engañemos ocho años después de su triste desaparición), tampoco este verano se nos olvidará pasar por la sede de la calle Badajoz para renovar el carnet de socios de Unionistas de Salamanca C.F., equipo de Primera RFEF.