Domingo, predicador de la Gracia

Domingo se sitúa en el centro de la Iglesia -in medio ecclesiae-, conservando las verdades salvadoras de la fe, pero nos envía a las “periferias” para estudiar, enseñar y aprender.

TIMOTHY RADCLIFFE, O.P.

 

“Hablando con Dios o de Dios”, santo Domingo encarnó una sinergia de contemplación y acción y ejemplificó un discípulo-misionero, llamado a seguir y enviado a predicar el camino del Evangelio.

GERARD FRANCISCO TIMONER III, Maestro de la Orden

Los primeros días de agosto dedicamos una entrada a Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores o Dominicos, ya que compartimos su carisma en la vida cotidiana de creyente. Su fiesta se celebra cada año el 8 de agosto, aunque en muchos pueblos de la península se celebra el día 4. En esa fecha se ha venido celebrando hasta el Concilio Vaticano II, que se desplazó al 8 de agosto. Inicialmente la fiesta se estableció el 5 de agosto, pero al dar Pablo IV en 1588 prioridad universal a la fiesta romana de Nuestra Señora de las Nieves, la desplazó al 4 de agosto, de ahí que muchos pueblos sigan la tradición de celebrar ese día.

Este año se celebra el Jubileo de la muerte de Santo Domingo, 800 años siguiendo el carisma de un canónigo de Osma, predicador de la Gracia en un mundo difícil y conflictivo. El tema para el Jubileo es En la mesa con santo Domingo. Este tema se inspira en la tabla de Mascarella, tabla sobre la cual se pintó el primer retrato de santo Domingo poco después de su canonización. Un santo que disfruta de la comunión en la mesa con sus hermanos, reunidos en la vocación de predicar la palabra de Dios e invita a la acogida y a compartir la fe, el amor y la esperanza.

Domingo muere en Bolonia un 6 de agosto de 1221, fiesta de la Transfiguración. Después de asistir al segundo Capítulo general (1221), dedicó las seis últimas semanas de su vida a predicar intensamente en la Lombardía. Deja a sus hermanos un importante testamento espiritual en el momento de su muerte: “Estas cosas son, hermanos carísimos, las que os dejo, como a hijos, para que las poseáis por derecho hereditario: tened caridad, guardad la humildad y abrazad la voluntaria pobreza”. Mientras la comunidad rodeaba su lecho recitando la recomendación del alma, levantó sus manos, como si tratara de bendecirlos. Fue enterrado en Bolonia y Gregorio IX le canonizó el 3 de julio de 1234, comparándole con los apóstoles y con los grandes fundadores medievales: Benito, Bernardo y Francisco. Después de su muerte la Orden de predicadores sigue el camino marcado por su fundador, prolongando la historia durante 800 años, sembrando la Palabra, el amor y la vida.

Su biografía es muy conocida, nació en Caleruega, localidad de la provincia de Burgos, entonces perteneciente a la Diócesis de Osma.  Más allá de la leyenda de su vida, parece que Domingo, así lo subrayaron sus contemporáneos, destacó por la fuerza de su santidad y la solidez de su obra, plasmada en la vivencia profunda del Evangelio. Fue canónigo regular en Osma, bajo la regla de san Agustín. Allí ocupó los cargos de sacristán del Cabildo catedralicio y subprior. Trabó una amistad profunda con su obispo, Diego de Acebes, gran conocedor de la Escritura. En el año 1203, el rey Alfonso VIII de Castilla envió a Diego de Acebes como embajador a Las Marcas para concertar el matrimonio de su hijo con la hija de un noble de Escandinavia, en esta empresa se llevó consigo a Domingo. Para ambos, fue una experiencia nueva, que les cambiará la vida. En Toulouse se darán cuenta de las desviaciones de los cristianos albigenses y su misión se centrará en la predicación. Obispo y canónigo iniciarán un nuevo camino sin retorno, cuya misión es la predicación y la acogida de esos cristianos, recorriendo a pie pueblos y aldeas.

Domingo sólo pudo entender la predicación dentro de la Iglesia y para su servicio. Era un hombre de Iglesia y para la Iglesia. Recibirán de la Iglesia una orden expresa de ir a evangelizar, y así serán constituidos en apóstoles. Era una misión propia del clero secular, con lo que, en un principio, las órdenes mendicantes, no serán bien acogidas y se crearán importantes controversias sobre el carisma de la predicación. Domingo pone en relación ese carisma con la misericordia y la caridad, ve al hombre aquejado de miseria y quiere socorrerlo. Dicen sus biógrafos que “su corazón era un hospital de desdichas”, un lugar de acogida a los más pobres y necesitados. La Orden de predicadores nace de ese gesto solidario de compasión de Domingo. La vuelta a las fuentes, imitando a los apóstoles y en especial su pobreza, que estará animada por la compasión evangélica.

Es muy importante en la predicación no separar vida y misión, para ellos se ha recalcado la importancia de la fraternidad como una de las más importantes expresiones del carisma de la Orden. La vida fraterna es propia de la identidad de los predicadores, no se entiendo un dominico sin comunidad, necesaria para armonizar la vida contemplativa con la misión apostólica. La misión no es solamente lo que hacemos, predicar, sino principalmente lo que somos, donde la comunión debe guiar la predicación. Gerard Timoner, en su primera intervención como Maestro de la Orden, citando a Santo Domingo, afirmó: “Misión no es lo que hacemos, misión es lo que somos”. Comenta el papa Francisco: cada santo es una misión; es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio. Domingo respondió a las necesidades de su tiempo, no solo con la predicación, también con un testimonio convincente en comunión con la Iglesia, con un retorno a la pobreza y sencillez de las primeras comunidades cristianas.

Después de 800 años de la muerte de Santo Domingo, la Familia Dominicana, compuesta por frailes, sacerdotes, monjas y laicos, quiere seguir siendo signo de fraternidad en este mundo nuevo, cambiante y globalizado. Salir a las periferias no solo geográficas, sino existenciales de este nuevo mundo para hacerlo más justo y habitable. Como en otro tiempo también se hizo presente el América, con Antón de Montesino o Bartolomé de las Casas, luchando por la dignidad y los derechos de los indígenas. En medio de la pandemia hace falta vivir la sencillez como testimonio. También, la búsqueda de justicia para aquellos de nuestro mundo que son, dentro o fuera de su país de origen, refugiados o migrantes, que sufren rechazo, que carecen de necesidades básicas, que pasan necesidades y que son vistos y tratados con falta de dignidad.  La antorcha de Domingo sigue alumbrando, la Orden sigue profundizando en su carisma de la predicación, llevando la buena nueva allí donde la familiaridad de Dios sea esperada, sobre todo, aquellos lugares más difíciles y donde la necesidad es mayor.