Luto en la lana de Macotera

Porque se ha muerto Antonio Jiménez García, “el de Roman”. Lanero de toda la vida, como su padre Román. Macotera es un pueblo de cereal, llano, con el sol poniéndose más visible y generoso, pareciera por ello marinera cuna el horizonte. Pero no, son (o fueron antaño) tierras de labrantío, Peñaranda, Santiago de la Puebla, Alaraz, Tordillos, Valdecarros, Alba o Navales. Llegó a tener Macotera desahogada solvencia económica en labores ancestrales, como el lanerío, con lavaderos y sorteos, gentes laboriosas también haciendo vino, ya perdidos ambos oficios, otrora columnas vertebrales de la ocupación y el sudor diario de muchas familias.

 Eutimio Cuesta, maestro e investigador macoterano, tiene publicados varios libros sobre el pueblo en los que pone acento preciso, nostálgico unas veces y específicamente informativo y reporteril otras, disecciona de forma exhaustiva y coloquial la importancia del apodo en Macotera. Una vez dentro, allí no hay nombres y apellidos, todos son apodos. Ellos, y sólo ellos, son el google maps del pueblo.

 Hace veinticinco, treinta años, el padre de Antonio, el Sr. Román, hombre de acentuados principios religiosos, alto y de señorial porte, llegaba a nuestro almacén a pesar “lo usado”, es decir, la lana de los colchones que habíamos ido reuniendo de compras y ventas a cambio de colchones de muelles, aquellos primeros flexes y pikolines, la edad de piedra del descanso en Salamanca de cuyos incipientes aires, mi padre y mi madre fueron pioneros en los primeros 70 enhebrados en el trabajo duro para atisbar un futuro ilusionante a sus cuatro hijos pequeños.

 Y con el Sr. Román venía Antonio, enganchábamos las sacas llenas de lana, que el día antes habíamos embutido mi hermano, mi padre y yo (y “apartado” la negra de la blanca, cuando estaban endiabladamente envueltas). Enganchábamos una vara de hierro en un saliente de acero cuadrangular del techo del local y de la vara, la vieja romana, que aún conservo. Romana que tantos y tantos pulsos el poderoso brazo de mi padre aguantó. Muchos kilos, hábil oficio para ganar el sustento, el negocio…

 Antonio, yo creo que salió a su padre. Yo le veía de tarde en tarde, generalmente en agosto, por San Roque. Aferrado al sentir del trabajo como afecto de amor y fe, trabajador nato y un amante de la fiesta de los toros, un aficionado entusiasta y hablador. Creo que nos teníamos aprecio y me apena su muerte repentina hace pocas horas. Ya estaba jubilado, lógicamente.  Mis condolencias más sentidas a su esposa e hijos, sus hermanos, entre ellos Isabel Jiménez, hasta no hace mucho presidenta de nuestra Diputación Provincial.

 Nostalgia y holgura de pesadumbre por la muerte de Antonio así, tan de golpe, es lo que siento porque, a través de mi padre y su frenesí laboral, al que los hijos nos apuntamos sí o sí, lo conocí y por derivación, siendo jovencito, la lección esencial del trabajo como valiosa prenda en la vida.

 O ironía, como cuando recogiendo la lana del suelo quedaban cachitos pequeños, él nos decía con sorna: “¡recoged vedijas, recoged vedijas, que quien no coge vedijas no casa a las hijas!”  Descansa en paz, amigo.