Incitación al odio

Profesor de Derecho Penal de la Usal

Según los datos estadísticos sobre delitos cometidos en España aportados por el Ministerio del Interior, en el último año han experimentado un crecimiento significativo los delitos de odio. Así, en los últimos días hemos asistido a varios casos que han tenido repercusión nacional, como el homicidio de Samuel, en la Coruña, o la paliza que infligieron varios miembros de una banda juvenil violenta al joven de Amorebieta y por la que se encuentra ingresado en el hospital de Cruces en estado muy grave. Existe una motivación racista, xenófoba, ideológica u homófoba evidente y mucho tiene que ver la proliferación del discurso del odio que practican sistemáticamente grupos políticos de la ultraderecha, como Vox, a la que sigue el juego, al menos por omisión, el PP, ya que no le recrimina a Vox esas actuaciones. Y si lo hace tibiamente, como en la declaración de persona “non grata” a Abascal realizada por la Asamblea de Ceuta -en la que se abstuvo- se arriesga a que Vox no apoye al PP en las instituciones en las que gobierna sin mayoría absoluta.

 

            Desde el colectivo LGTBI denuncian que cuando Rocío Monasterio proclama que “el orgullo es una caricatura denigrante” o Santiago Abascal dice que  “las charlas de diversidad sexual están más cerca de la pedofilia que de la educación”, se está señalando a un colectivo que posteriormente puede ser duramente atacado por energúmenos excluyentes y sectarios. “Cuidado con las palabras porque ellas preparan el camino de las balas y de las bombas” decía Tomás y Valiente en el artículo “ETA y nosotros” publicado en el diario “El País” el 19/12/1995. La radicalidad, excentricidad y agresividad verbal de Vox, seguida por el PP, etiqueta al gobierno actual de “terrorista, traidor y golpista” simplemente porque algunos partidos nacionalistas e incluso independentistas apoyan al ejecutivo de Pedro Sánchez y, en cambio, cuando vomitan con rabia proclamas contra colectivos vulnerables no reconocen que están “públicamente fomentando, promoviendo o incitando directa o indirectamente al odio, hostilidad, discriminación o violencia contra un grupo, una parte de mismo o contra una persona determinada por razón de su pertenencia a aquél, por motivos racistas, antisemitas u otros referentes a la ideología, religión o creencias, situación familiar, la pertenencia de sus miembros a una etnia, raza o nación, su origen nacional, su sexo, orientación o identidad sexual, por razones de género, enfermedad o discapacidad”, es decir, están presuntamente cometiendo delitos de odio regulados en el artículo 510 del Código Penal.

 

            Por otro lado, el PP también está incitando al odio desde hace años de una parte de españoles contra otra; concretamente del territorio que constituyen 15 Comunidades Autónomas contra 2, las históricas Euskadi y Cataluña, simplemente porque en éstas la representación política que tiene es totalmente residual. Así, en Cataluña, por ejemplo, la recogida de firmas contra el Estatut realizada por M. Rajoy como la actual contra los indultos, de Casado (en ambos casos estando el PP en la oposición) han ahondado en un enfrentamiento visceral que lesiona gravemente los jirones de la convivencia. No obstante, Casado ha fracasado rotundamente en la ultima recogida de firmas, puesto que en dos meses sólo han sumado 500.000, cuando el PP presume de tener 800.000 militantes en toda España. Eso ha hecho que hayan retirado la recogida de firmas. El fracaso es más estrepitoso si lo comparamos con la recogida de firmas contra el Estatut, impulsada por M. Rajoy. En aquélla ocasión llegaron a sumar 4 millones de firmas.

 

            Cuando una formación política como el PP-que ha sido partido de gobierno en España- obtiene una representación de 2 escaños (de 48 posibles) en las últimas elecciones generales de 2019 y de 3 (de 135) en las últimas elecciones autonómicas catalanas en febrero de 2021 y, a pesar de eso, quiere imponer su criterio, cargando duramente contra otras formaciones políticas que en Cataluña son mayoritarias (ERC, PSC o JUNTS), se puede decir, sin temor a equivocarse, que el PP solo respeta las decisiones democráticas del pueblo soberano cuando gana, nunca cuando pierde y en Cataluña ha perdido siempre y no parece que la situación vaya a cambiar en décadas, al menos hasta que este partido casposo y atrabiliario desaparezca y se refunde por dirigentes menos reaccionarios y tolerantes en una formación conservadora, sí, pero moderna, al estilo de los partidos conservadores europeos.

 

            Cuando una formación política como el PP ataca pactos entre el gobierno y otros partidos diciendo como ha dicho Casado hace dos días que “con nosotros nunca querrán entenderse porque nosotros no queremos nada para nuestro beneficio, sino el interés general de los españoles”, frase dicha precisamente en el día en que la justicia ve indicios racionales sólidos de criminalidad contra toda la cúpula del Ministerio del Interior del gobierno de M. Rajoy, por la operación Kitchen, que consistió, presuntamente, en pagar con dinero público a policías para que se incautaran de pruebas que podrían incriminar al PP en el “caso Bárcenas” y que va a sentarlos en el banquillo por la comisión de presuntos delitos de descubrimiento y revelación de secretos, prevaricación, omisión del deber de impedir delitos, cohecho, tráfico de influencias o malversación de caudales públicos, tiene un problema de esquizofrenia política y una doble moral evidente. Tanto la Gürtel como todas las operaciones de presunta corrupción del PP a nivel nacional y autonómico en Madrid o Valencia, por ejemplo, demuestran claramente que lo que quiere el PP “sí es para su propio beneficio”, anteponiendo su interés personal y partidista al interés general de los ciudadanos.

 

            Con estos antecedentes de falsedades, manipulaciones y corruptelas del PP, ¿alguien puede creer a Casado cuando habla del interés general como objetivo irrenunciable, de políticas de Estado o de sensatez y cordura? La verdad es que cuando escucho a Casado pronunciar esos discursos me ocurre lo que a los soldados romanos, en la película “La vida de Brian”, cuando escuchaban al “gangoso” César decirles que si les parecía gracioso que les hablara de su “amigo Pijus Magníficus” .