El saúco del poeta 

Hay palabras que contienen toda la música en la savia de su tronco.

-Al saúco le gustan las ruinas.

Entre los muros de piedra, allí donde antes palpitó una casa y ahora la maleza toma posesión de las estancias del olvido, se alza, orgulloso y pleno de bayas, el saúco dando sombra a los fantasmas. Frondoso y umbrío, levanta con sus raíces las baldosas de barro que quedan e inclina su glácil tronco, tan duro que se utilizaba para hacer aperos de labranza en aquella época donde todo servía.

El poeta tiene en la mesa de su puerta abierta a la montaña, los versos de Rilke y una guía de plantas y árboles de la tierra donde buscar los nombres de las hierbas y las ramas que le acompañan en este tiempo de estío de noches frescas y mañanas de rumores de agua. Nosotros, visitantes ruidosos, coches de fin de semana, todo prisas y bolsas de comida, nos dejamos llevar por las ruinas, dinteles de granito, valles ocultos por los bosquecillos de montaña, por la piedra seca de las bardas. Al poeta le gustan más los días de diario en los que no hay más ruido que el paso silencioso de un gato por la calle que es campo, el atisbo de una lagartija por el muro restaurado que no quiso pintar de blanco. Entre las paredes de su retiro, el musgo deja una caricia de humedades. Es el tiempo de la traducción, de la escritura, el tiempo de silencio de un verano breve y jugoso de cursos de agua, libélulas de cristal, rapaces que firman en la tirantez azul del cielo.

-Al saúco le gustan las ruinas.

Allá donde hubo una casa, las ventanas, pequeñas y recogidas, lucen su rejería oxidada. De la madera de la puerta, nada queda y los clavos que la remataban estarán hundidos entre el humus del suelo y las raíces del árbol que cambió sus florecitas blancas por las bayas que antaño se usaron para combatir la fiebre. Tiene el saúco un nombre musical y exótico en esta tierra de Ávila donde los topónimos son contundentes y aumentativos como las lanchas de piedra, los berrocales de granito, los bosques que trepan por las sierras, tan cerca de Gredos, tan altivas, tan contumaces…

Piedra a piedra, sin argamasa, a la manera de los romanos que levantaron acueductos y puentes, las casas se construyeron y se abandonaron. Ahora los dinteles que nadie sabe cómo se levantaron del suelo donde se tallaron, son dólmenes del abandono entre las calles del pueblo vaciado que, poco a poco, llama a aquellos que quieren volver a colocar, piedra a piedra, la casa derruida y cubierta de zarzas. Al Poeta en su paseo, le surgen las palabras de la guía botánica como invitaciones a la poesía, a la sombra del verso, el bastón de rama de rosal haciendo aliteraciones. Y más allá del saúco, un espinado trepador se encarama a la barda a despecho del intento del Poeta de llevarle por el buen camino.

-Es la libertad del escaramujo.

Habitan los herbolarios del corazón los versos de mi amigo el Poeta, y su casa hospitalaria se vuelve página viva.   

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.