Ni ellos son tan malos, ni nosotros somos tan buenos

El Gobierno autorizará los permisos de trabajo y residencia para el senegalés que trató  de salvar la vida de Samuel Luiz actuando de escudo humano entre la víctima y los agresores. También regularizará la situación del otro hombre senegalés que auxilió a sus amigos. Ambos jóvenes habían llegado a España con la esperanza de encontrar lo que les negaba su país: una vida más digna, un futuro más halagüeño. Pero aunque estaban dispuestos a hacerlo en cualquier cosa, no podían trabajar: les faltaba un papel, ese papel que a los seres humanos nos hace personas, ciudadanos con derechos y que con tanta frecuencia, a tantos hombres, mujeres y niños se les niega. Vivían pues huyendo de la policía, tenían que evitar que los agentes les pidieran los papeles, lo que a todas luces solo les serviría para añadirse problemas.

En la madrugada del 3 de julio pasado, Samuel, vecino de A Coruña, de 24 años, trabajador de una residencia de mayores y aprovechando seguramente que el virus nos había dado un respiro,  salió con unos amigos a tomar unas copas en una discoteca. En un momento dado salió del local para realizar una videoconferencia. Se le acercó uno de los agresores, pero desapareció. Antes de que fuera consciente de lo que le esperaba el individuo regresó con una jauría de bestias que a golpes y patadas mientras lo llamaban maricón de mierda y otros insultos que denotaban odio, desprecio, rechazo… acabaron con su vida en 15 minutos. Todos son españoles de entre 20 y 25 años. Entre las bestias solo había una mujer, y mientras ellos se peleaban por ser el que más y mejor pegara, ella se deshacía en frases y palmas para animarlos.

Es imposible que en una noche de fin de semana no pasara un coche con un conductor que pudiera llamar a la policía, es imposible que con las ganas de calle que todos teníamos no pasara nadie que pudiera avisar a sus amigos, es imposible que ante la tormenta de golpes, risas e insultos, ningún vecino abriera la ventana para poder decir ¡basta! al menos, pero lo único cierto es que solo los dos jóvenes senegaleses se olvidaron de su delicada situación y corrieron a intentar salvar su vida, avisar a sus amigos y alertar a la policía, lo que pone de manifiesto que ni ellos son tan malos como pensamos, ni nosotros somos tan buenos como creemos. Y hechos como este deberían servir para que aprendamos a juzgar a las personas por sus valores como seres humanos, no por su nacionalidad, por sus circunstancias, por sus desgracias, por el color de su piel, por sus ideas, por su religión, por su orientación sexual y por otras cosas tan de cada cual que ni nos van ni nos vienen.