¡Ay, Portugal!, ¿por qué te quiero tanto?

Este es el cuarto verano que elijo Portugal para pasar las vacaciones de verano, desde que hice de Salamanca mi residencia. “¡Ay, Portugal! ¿por qué te quiero tanto?...” escuchaba en la radio de mi infancia la bella voz de Gloria Lasso que tenía la mágica propiedad de avivar la fantasía de niños y adultos con imágenes ideales de “sus encantos”, de sus “bellas mujeres”, de la Lisboa fecundada por el Tejo o Tajo, después de su larguísimo recorrido por nuestra patria.

¿Quién no ha tenido alguna hermana, alguna tía, alguna amiga que se haya casado con un portugués? ¿Qué salmantino no ha hecho alguna excursión a la sierra de la Estrella, tan cercana, o, más allá, ha llegado a Viseu,  a Aveiro, o a Oporto? Incluso algunos cogieron el tren que desde tiempos inmemoriales paraba de madrugada en nuestra estación de Salamanca, procedente de Francia, y llegaba por la mañana hasta la señorial Lisboa. ¡Ah!, Lisboa la ciudad de todos los amores de nuestra reina Bárbara de Braganza. Sí, la que reinó durante dieciséis años junto con Fernando VI el Reino de España y mandó construir una serie de naves, en Aranjuez, en el Tajo, para que alguna vez esos barcos, barcas o chalupas la llevaran hasta Lisboa, su ciudad natal, donde había dejado a su poderoso padre Joao y a su queridísimo hermano José. “Sonatas para el exilio de una Reina”, le puse como título a mi novela sobre los largos y difíciles años que pasaron en la Corte española el trío protagonista, Bárbara de Braganza, Fernando VI y Doménico Scarlatti, su profesor de música.

Ya hace casi un siglo, solo a los españoles que se quedaban en los pueblecitos cercanos a la frontera, a comprar productos más baratos, (como las madres salmantinas que volvían cargadas de toallas o los hombres cargados de café) se les ocurría decir aquello de “Portugal, muy pobriña, muy pobriña…” A los que descubrían tantas riquezas de tantas épocas, diseminadas por todo Portugal, les fue naciendo un sentimiento de admiración, que ha ido creciendo las últimas décadas; a los españoles nos ha ocurrido con Portugal como a esos hermanos mayores con un hermano pequeño que, laborioso y silencioso, triunfa y logra un éxito, social, profesional, artístico…Si el mayor es un hombre de bien, deberá reprimir su envidia y quitarse el sombrero reconociendo al pequeño en todas sus cualidades.

Desde la crisis financiera del 2008, (ya España y Portugal en la Unión Europea), nuestro vecino inició un sprint de crecimiento multifacético que nos ha dejado atrás, en el pelotón, a España y a muchos otros países del entorno. La maravillosa película “Las mil y una noches” de Miguel Gomes muestra, metafóricamente, las entrañas de donde surgió ese empuje, de ese corredor, silencioso, humilde, con su cabeza bien orientada hacia el objetivo que desea alcanzar. Y lo alcanza.

La mayor diferencia con nosotros, de estos vecinos y hermanos, es que nosotros perdemos más de la mitad de nuestras energías en vanas discusiones desprovistas de razonamientos y sobre todo de metas futuras con recompensas. El fijar objetivos y allanar obstáculos, es una de las cualidades portuguesas que más admiro.

Durante los siglos XV y XVI los españoles y los portugueses se arrojaron con valentía a los océanos para descubrir y conquistar nuevas tierras. En el presente ellos siguen mirando hacia adelante, mientras los españoles conducimos como por inercia, mirando sobre todo el espejo retrovisor. El pasado.