Chispas

La gata ha mordido el cable del teléfono fijo y nos deja momentáneamente en un limbo silencioso con el que se solidariza también el móvil dando la callada por respuesta. Es un silencio extraño, denso e inusual: todos parecen haberse guardado en sus cuarteles de estío y todo se aplaca en medio de una desbandada quieta, sudorosa… y ni siquiera la promesa de la terraza abierta a todos los vientos, la caña que escarcha el vaso, el vino blanco que se calienta de oro, nos mueve fuera de la casa.

La casa nos devuelve imágenes arrasadas de riadas que se ceban con una Europa ordenada, de cauces limpios, de medidas perfectas. Nadie imaginaría este caos que revienta las lindes del agua y se lleva los automóviles de marca teutónica, los enseres de los pisos bajos, esos apartamentos donde se guarda la lavadora, el alquilado de última hora… las imágenes son perturbadoras, como de otra época y las miramos con los brazos desnudos, los pies descalzos, sin creer que esta gente de mangas largas, botas de agua y gesto resignado tenga nada que ver con el verano… verano de playa, verano de cosechadora que peina los campos, verano de incendios que nos arrasan no con lenguas de agua, sino con ese fuego voraz que hace crepitar las cosechas, los montes bajos de la montaña mediterránea, los pinos una y otra vez crecidos sobre la tierra quemada. El verano es para los niños, helado y cloro, juego y siesta, aburrimiento y sueño pesado… no para imágenes de desolación fría y húmeda, gentes llenando las calles sin saber qué pedir porque nada tienen. Las venas de América Latina están como siempre, prestas a correr la sangre a la menor provocación mientras los gobernantes ciegos miran para otro lado cuando la represión salpica de flores rojas los adoquines que ya saben mucho de huellas de masacres. Los países de la violencia cíclica, de los ciclones veraniegos, de los revolucionarios que se aburguesan, de los que cambian la oligarquía colonial, adinerada, por el puesto en el partido único, la delación y la trampa. Me da igual cómo lo llames… es sencillamente abuso, abuso de poder, venga de donde venga, de quienes se creen con todos los derechos o del vecino inmenso y cruel que cose de nuevo la frontera con puntadas de sangre. A veces pienso que no tenemos remedio, que la vida es un ciclo violento y no aprendemos a mantener más paz que la de los cementerios. Y lo pienso en este extraño silencio de verano, la gata dormida, el cable mordido, la gente recogida en sus asuntos…

Hay un eco cotidiano en sordina. Es el verano, suele coincidir con agosto y el cierre definitivo de los centros escolares, las vacaciones prendidas con alfileres de las tiendas diarias, el tiempo que imaginamos con espuma de mar y frescor de montaña. Salir, ocupar la casa del pueblo, visitar la segunda residencia de cerradas promesas de descanso, cambiar de aires, de horarios, de preocupaciones, de trabajos… o quedarse en la casa, viendo pasar las horas, el silencio inusual ¿Le pasa algo al teléfono? No hay línea ni luz en el terminal. La gata se estira soñando con el paraíso gatuno donde mi hija le hace mimos eternamente. A su lado, el cable parece haber pasado por la boca afilada de un vampiro sediento de tinto de verano… acabáramos…

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.