Cosas que duelen 

Decimos adiós a una semana que nos ha dejado el recuerdo de otro homenaje de Estado a las víctimas de la pandemia, en esta ocasión para reconocer el sacrificio del largo centenar de médicos y enfermeras fallecidos por la enfermedad. Soy la primera en lamentar su muerte y en apoyar a sus familias. Me pongo en el lugar de los que están contagiados y de los que siguen luchando en los hospitales y entiendo su miedo, su cansancio, su impotencia, y sobra decir que deseo para todos lo que deseo para mí: salud y tranquilidad. Pero pasada la espontánea emoción que estos actos despiertan hasta en los más insensibles, con todo el respeto del mundo, con mucha tristeza y con cariño incluso, tengo que decir que hay cosas que me duelen.

Me duele que cuando se habla del personal sanitario se piense solo en médicos y enfermeras, trabajadores que, por mucho que se quejen, siempre han sido privilegiados. No sé de ningún médico que ni antes ni después de transferir las competencias sanitarias a las comunidades viva mal, pero sí sé de un “ambulanciero”, y no era el único, que hace algunos años trabajaba de doce a catorce horas diarias recogiendo enfermos por los pueblos de la provincia para traerlos al hospital a recibir unos minutos de quimioterapia y llevarlos después a casa, y tenía que hacer de acompañante, de psicólogo, de enfermero… y lo más sangrante: tardaba meses en cobrar.

Me duele que el virus nos pillara con plantas cerradas en los hospitales, con falta de personal, sin equipos de protección… y ninguno de los gestores, médicos en su mayoría, se haya dignado a reconocer que, si en lugar de politizar la sanidad, se hubieran dedicado a mejorarla, las consecuencias no habrían sido tan graves como han sido.

Me duele que no todos los enfermos puedan decir que han sido atendidos debidamente. Carmen, que no se llama Carmen y que lo cuento porque ya está muy lejos para enterarse, una noche se sintió enferma, tanto que no podía con el alma. Llamó al servicio de urgencia correspondiente. Por los síntomas le dijeron que era coronavirus. Pidió una ambulancia: estaba sola y no tenía a quien recurrir en aquel momento. Le respondieron que imposible, que fuera ella, y le colgaron el teléfono. Como Dios le dio a entender bajó a la calle y esperó un taxi. El taxista, que nunca supo quien fue, le abrió la puerta sin apearse. Carmen, apoyándose en el coche para no caerse, le explicó la situación y le pidió que, si tenía miedo a ser contagiado, eran los peores días de la pandemia, que no la llevara, que no quería buscarle un problema. El taxista, con cara de enfadado con el mundo entero, bajó del taxi, la cogió en brazos, la acomodó en el asiento trasero, voló al hospital, volvió a cogerla en brazos y no la soltó hasta que no la vio en manos de los sanitarios. Carme solo tuvo fuerzas para abrir el monedero y darle los cincuenta euros que llevaba. No los cogió, socorrerla era más importante que el dinero, y eso que por aquellos días menguaba la recaudación.

Es verdad que el personal sanitario, debido a las características de su trabajo, algo que han elegido libremente, es el que peor lo ha pasado, pero no es menos cierto que si no hubiera sido por la colaboración, en todos los órdenes, de tantos ciudadanos anónimos, no hubieran podido salvar todas las vidas que han salvado, y nadie les brindará nunca un aplauso de reconocimiento.

Del citado homenaje me llamó la atención las palabras de una enfermera hija de un médico fallecido: nos pidió que cuidáramos de los cuidadores, o sea, de ellos, pero no me quedó claro si se refería a que lo hiciéramos aprendiendo a usar bien los servicios sanitarios para no colapsar el sistema de forma innecesaria, que es lo que yo hubiera dicho en su lugar, por ser algo que urge por el bien de todos, pero esa es otra historia.