El mundo es un gran problema

De vuelta de unas placenteras vacaciones que incluyen para mantener la relajación abstenerse de estar atento a las noticias nacionales e internacionales, he tenido esta mañana una traumática impresión, con el primer telediario y la primera ojeada a los 2 ó 3 periódicos de los que me nutro cada día; al terminar de leer todos los graves problemas que se manifiestan no solo en nuestro país sino en el resto del mundo, me ha salido la afirmación que he escrito en el título: ¡el mundo es un gran problema!.

No solo me han golpeado anímicamente  las noticias relativas a esta quinta ola del Covid19 que estamos padeciendo, con la angustia de algo siniestro que nunca va a tener solución, sino muchas otras. Cuando en casi todos los países europeos rondamos el 50% de la población los inmunizados por la doble vacuna, aún nadie puede estar tranquilo: al principio de la pandemia eran los ancianos los de más probabilidad de contagio y más grave riesgo; ahora han pasado a ser los jóvenes, aún no vacunados, cansados de tantas medidas de protección y enfrentados a variantes víricas más peligrosas. Ya se empieza a hablar de una tercera vacuna para probables variantes futuras. La ilusión de que este verano sería el primer verano en muchos países de disfrute tranquilo de vacaciones y naturaleza, de nuevo se ha hecho trizas.

Pero no solo la pandemia nos sigue intranquilizando, sino una serie de fenómenos climáticos nuevos, a los que no podemos  calificar de casuales: la insólita ola de calor en junio en Canadá y norte de EEUU, las gravísimas inundaciones en Alemania y Bélgica de esta pasada semana con más de 125 muertos y numerosos desaparecidos; las protestas masivas, ya crónicas algunas, como las de Colombia, y otras  nuevas, como las de Cuba o Sudáfrica, los crímenes racistas, de género o de orientación sexual, que por aislados no dejan de horrorizar, pues hay gobiernos ( también en Europa) que emiten leyes en contra de ese sector de la población, las colas del hambre en la nada pobre España, etc., componen una lista de tragedias que producen la certeza de que solo los que por alguna enfermedad no pueden comprender, o los que se  hacen los tontos ( que son muchos) se libran de este malestar colectivo que produce la ausencia de paz, de recursos mínimos, y de tranquilidad para vivir con un cierto equilibrio psíquico.  

Este panorama me crea, personalmente, dos reacciones: una, la de incrementar la tentación de pasarme a la masa de los que se hacen los tontos, no enterándose, no leyendo, no pensando, no creyendo lo obvio doloroso ( único modo de conseguir un cierto estado de “felicidad” o al menos de sosiego, viviendo en la inopia)  y una segunda reacción es la de incrementar mi enfado y rechazo contra esos vendedores del mal y de las desgracias; llamo vendedores del mal a los que, estando en un país ( por ejemplo el nuestro) que aun teniendo problemas colectivos importantes e inevitables que resolver, deberíamos sentir  la razonable esperanza en su progresiva resolución, con una actitud realista y no alarmista, que sobre todo presidiera todas las acciones y declaraciones de la clase dirigente. Por el contrario esos vendedores del mal  atizan la hoguera de cada inquietud con noticias falsas, con oposición irracional y sistemática, con el placer escondido en sus rostros de que cuanto más descontento y angustia haya en la población mejor les irá a ellos. Son sujetos que no solo son incapaces de mirar y ver los problemas reales de nuestro país y de nuestro entorno, sino  también incapaces de dirigir un mínimo de su energía a no incrementar el malestar, la mentira, la pobreza o los vaivenes económicos.

En  medio de ambos grupos, entre el gran número de los que se hacen los tontos y los que luchan por destruir los logros conseguidos, nos situamos, perplejos e impotentes, la mayoría demasiado silenciosa.