La riada del Tormes de 1626

Esta semana las graves inundaciones sufridas por Alemania han copado la información de nuestros telediarios, si bien estos graves sucesos llevan a recordar la peor riada que sufrió en su historia la provincia de Salamanca, en el siglo XVII, y que tuvo como consecuencia la destrucción de numerosas edificaciones cercanas al río Tormes, tanto en Salamanca como en otras localidades ubicadas junto a su ribera.

A diferencia de lo ocurrido en Alemania esta semana, es decir, en pleno verano, la riada de San Policarpo acaecida en tierras salmantinas en 1626 tuvo lugar en invierno, concretamente en la noche del 26 al 27 de enero, cuando una crecida sin precedentes del río Tormes fue arrasando todo lo que encontraba a su paso, llevándose por delante la vida de 142 personas.

Dicha catástrofe vino precedida de unos días de intensas lluvias en la provincia, que habían hecho crecer notablemente el cauce del río Tormes hasta desbordarlo, de modo que, cuando durante la tarde-noche del 26 de enero de 1626 una gran tormenta descargó sobre el entorno de Salamanca, el agua que caía desde el cielo de manera torrencial se sumaba a un Tormes ya descontrolado, que se había llevado por delante numerosas casas de localidades como Encinas de Abajo, Huerta o Aldealengua, hasta alcanzar la ciudad de Salamanca, donde todo el material arrastrado por el río acabó bloqueando los arcos del puente romano.

Por otro lado, a la presión estructural que sufría el puente romano de Salamanca por el agua que traía el propio río Tormes, se sumaba la que añadía el regato del Zurguén, que desembocaba en el Tormes cerca del puente, por el suroeste, y que llegaba a dicho punto también sin control, tras haber arrasado tres casas en Aldeatejada.

De esta manera, el puente romano salmantino, bloqueado por la numerosa vegetación arrancada por la riada y los materiales de las casas destruidas, acabó convirtiéndose en la noche de San Policarpo en una especie de muro de presa, ayudando a que el nivel de las aguas del Tormes aumentase hasta el punto de acabar barriendo del mapa de la ciudad el barrio de Curtidores, el más cercano al río (así como el Arrabal en la orilla sur), internándose las aguas dentro de la muralla, llegando hasta el muro del convento de San Esteban, a cuya vera discurría el regato de Santo Domingo.

Finalmente, ante tal presión de las aguas sobre un puente romano taponado, este acabó colapsando por su parte sur, facilitando la destrucción de parte de sus arcos que el nivel de las aguas del Tormes bajase, al encontrar una salida las aguas. Con ello, había pasado el momento más crítico de la riada, que sin embargo siguió causando estragos durante varias horas en una noche tormentosa con un fortísimo viento y el recio frío del invierno salmantino, comenzando los vecinos de la ciudad a organizarse para ir sacando de los escombros a parte de las víctimas de la catástrofe, con personajes como Alonso de Bracamonte, Ioseph de Anaya o el regidor Lorenzo Sánchez siendo cruciales para rescatar diversos supervivientes.

Por otra parte, al elevado coste en vidas de la catástrofe (con casi centenar y medio de fallecidos en una ciudad que rondaba entonces los 20.000 habitantes), habría que sumar las enormes consecuencias sociales y económicas derivadas de dicho suceso, empezando por la incomunicación de la ciudad de Salamanca hacia el sur, al destruir la riada buena parte del puente romano, el único existente entonces, que apenas pudo conservar la mitad más cercana a la ciudad (en la parte del puente conocida como “la Puente Vieja”), siendo reconstruido el resto del puente en los meses posteriores a la riada.

No obstante, los daños fueron mucho más allá, y a la destrucción parcial del puente habría que sumar casi medio millar de casas destruidas, pero también monumentos que sufrieron una destrucción total o parcial, como las iglesias de San Lorenzo (cuyos restos pueden observarse protegidos por cristal en la zona de la Vaguada), San Nicolás, Santiago, La Trinidad o la Santa Cruz, conventos como los de San Lázaro, Agustinas Descalzas, Carmelitas Descalzos, Trinitarios Descalzos o Padres Premostenses, el hospital de Santa María la Blanca, o colegios como los de Santa María de la Vega y de los Niños Huérfanos, ubicados todos ellos fuera de la muralla, cercanos a la vega del Tormes.

Pero además, la gran riada de San Policarpo destruyó también los molinos que, aprovechando la fuerza del río, daban servicio a la ciudad de Salamanca para la molienda de pan, habiendo destruido las aguas también edificios en los que se almacenaba grano, desapareciendo dichos víveres, lo que sin duda contribuyó a hacer más grave la situación tras la riada, a pesar de lo cual Salamanca se acabó reponiendo con el paso de los años.

Sin embargo, hubo pequeñas localidades para las que la riada de San Policarpo supuso su final en la historia, de modo que Chenines, Vicente Rubio, o el viejo Naharros del Río, ubicados junto al cauce del Tormes, vivieron en enero de 1626 su último capítulo en la historia, dando nombre posteriormente Naharros a un nuevo poblado ubicado un kilómetro al sur del original, del que solo quedan los restos del castillo erigido en el siglo X, hoy en ruinas.

Por último, cabe apuntar que la riada de 1626, si bien fue la más grave, no fue la única vez que Salamanca sufrió el desbordamiento del Tormes. Así, se podrían mencionar como más destacadas la riada de los Difuntos en noviembre de 1256 y la de Santa Bárbara en diciembre de 1498, de forma previa a la de San Policarpo, y de forma posterior a ésta las de diciembre de 1739, enero de 1881, diciembre de 1909, diciembre de 1935 o febrero de 1936, entre otras, solucionándose el problema de las avenidas periódicas del Tormes con la construcción del embalse de Santa Teresa ya mediado el siglo XX, que ayudó a controlar y regular el cauce del siempre revoltoso e impredecible Tormes.

Crecida del río Tormes en Salamanca en diciembre de 1909