La libertad de los libres

“-¿Voy bien, Camilo?.  -Vas bien, Fidel”. Diálogo entre Fidel Castro y Camilo Cienfuegos, la Habana, 8 de enero de 1959.

Se están produciendo estos días en algunas ciudades de Cuba, actos y manifestaciones reivindicativas respecto a la grave y ya larga situación social y económica del país, agravada ahora por la situación sanitaria; reivindicaciones  que por el momento han encontrado las primeras respuestas positivas de las autoridades de la isla, previéndose otros avances y acuerdos que satisfagan algunas de las legítimas demandas de los manifestantes. En un país como el cubano, que trata de preservar su dignidad y soberanía mientras sigue sometido desde hace varias décadas a un despiadado embargo comercial y económico que dicta por motivaciones políticas de profundo reaccionarismo Estados Unidos de América, y siguen como perros falderos los países europeos, cualquier avance en las condiciones de vida de sus ciudadanos es siempre bienvenido y esperanzador.

Han bastado ya las primeras noticias de las marchas y concentraciones ciudadanas en ese país, para que la jauría en que se ha convertido la inmensa mayoría de la prensa española dispare sus más caros escupitajos contra el gobierno cubano, y ensalce, como a héroes de la lucha por la libertad, a unos manifestantes que dirigen sus demandas mayoritariamente a mejorar ciertas particularidades de la convivencia y condiciones de vida en la isla. Algo muy distinto de las movilizaciones anticomunistas que se organizan nada espontáneamente en el extranjero, y que con profusión de bandería y utilizando el concepto Libertad y la palabra libertad para reivindicar intereses muy concretos, quieren mezclar y confundir la legítima lucha interna de los cubanos por mejorar y superar sus propias condiciones de vida, con la dilatada ofensiva global del neoliberalismo capitalista, y que son lideradas por el exilio millonario de Miami en EEUU, el trumpismo político y las grandes corporaciones económicas.

Es sabido que el principal sustento de la “reflexión política” de las democracias occidentales, y los sesgos manipuladores de la mayor parte de sus medios de comunicación, se basan principalmente en la exacerbada alabanza de sus supuestos méritos propios y la no menor inquina y rechazo por aquellos gobiernos de inspiración colectivista que cuestionan la plusvalía acumuladora, la explotación laboral y la desigualdad social que son alma del capitalismo. Así, países como Cuba, Venezuela o ahora Argentina, son usados como pimpampún político-mediático y diana de todo infundio, chismorreo, difamación o habladuría referida a gobiernos que es cierto que precisan de profundos cambios en aras de mejorar su democracia política, pero cuyas labores social, educativa e igualitaria nunca son ni mencionada en las diatribas descalificadoras, belicistas y justicieras, que de paso disimulan, ocultan, obvian e impiden el cuestionamiento de las múltiples miserias y flagrantes injusticias de las llamadas, con dos palabras falseadas, democracias liberales.

Leer, informarse, conocer los pormenores de la realidad de aquello que se critica o cuestiona públicamente, debería ser santo y seña de quien se atreve a publicar o difundir juicios de valor sobre cualquier asunto. No es el caso con Cuba. Los fundamentos de la teoría política, los análisis de la pluralidad cultural y la diversidad política, la construcción de las identidades nacionales, los estudios y experiencias de los movimientos sociales en América Latina o las caracterizaciones prácticas del espacio público, no son temas cuyo estudio haya ocupado a la traílla de mercenarios de la difamación que se afanan en sojuzgar a la población entera de países sumidos en la pobreza, la escasez y la carencia, como Cuba. Una escasez que cristaliza en protestas ciudadanas de descontento, como las de la isla caribeña de estos días, causadas más por los bloqueos, marginaciones y ninguneos de las “democracias occidentales” que por la gestión de gobiernos que con sus sombras y luces, como todos, al menos orientan sus escasos recursos hacia mayor atención social de su ciudadanía (sanitaria, educativa, cultural), evitando los lacerantes casos de abandono, desatención y desigualdad en que la frialdad del dinero hunde a millones de humillados que no acceden, o tal vez por hacerlo, a los inmensos rebaños de consumistas y súbditos manejables, desahuciables, empobrecibles y abandonables, alimento vivo del capitalismo.

Que Cuba, como Venezuela y otros países, necesitan disponer de medios que les procuren una modernización tanto en sus estructuras sociales como en sus relaciones internacionales para el progreso, el crecimiento, la mayor justicia social y el nivel de sus cotas de libertad y derechos, es algo tan indiscutible como que los países de las autodenominadas democracias occidentales, en modo alguno pueden servirles de ejemplo. Porque éstas, tan automagnánimas, precisan, tal vez con más urgencia, una no menor revisión de las estructuras de colonización económica, explotación y disfraz que sustentan sus economías, además  de que debería urgirles poner en cuestión su injusto, desigual y cleptómano mercadeo de la riqueza, la revisión del contenido moral de sus instituciones y el análisis de la levedad de sus legitimaciones históricas y geopolíticas. Tal vez entonces hallasen argumento para sus púlpitos. O razones para callar.