Exclusión tecnológica

«Es preferible ser viejo menos tiempo que serlo antes de la vejez»

Cicerón

 

Inclusión es una de esas palabras que se presentan con fuerza en nuestros días. Una bandera ampliamente aceptada y que a muchos nos gusta enarbolar. Su potencial e importancia es tal que hasta un departamento ministerial la lleva en su nombre. A menudo afirmamos nuestros deseos de favorecerla y de convertir la sociedad en un lugar donde nadie se quede al margen. Al fin de cuentas, de eso se trata, de sumar, de evitar la marginación, de contar con todos respetando las diferencias amparadas por el principio de igualdad liberal.

Sin embargo, nuestra inclusión –una vez más– no trasciende de la melodía del encantador de serpientes. Es tan solo eso, fachada. La sociedad, mediante la imposición de las nuevas tecnologías, excluye –a un ritmo vertiginoso– a todo aquel que no las adopta en su modus vivendi. Hoy somos empujados al abismo de ser “autos”. Se nos exige “autocitarnos” para acceder a servicios públicos, “autorrepostar” nuestros vehículos, “autotransferir” nuestro capital, “autoingresar” nuestro dinero, “autopagar” en nuestras carreteras y así hasta una interminable lista de acciones que nos convierten en operarios de distintos sectores y nos conducen –sin alternativa– al manejo de tecnologías móviles y pagos a través de la red o de dinero no efectivo. Con este panorama, la cuestión es ¿dónde quedan aquellos que no tienen capacidad para llevar a cabo estas acciones? Se quedan sin citas, en la gasolinera esperando a que alguien le indique como repostar, en la entidad bancaria rogando al cajero que le indique cómo realizar su operación, con el vehículo detenido en la barrera del peaje hasta que otro conductor solidario le asiste para el pago.

Las sociedades no suelen permanecer estáticas mucho tiempo, su evolución es algo natural. En ocasiones he entendido la funcionalidad de la muerte natural, en plena vejez, como un hecho sobrevenido que nos separa del mundo terrenal cuando este se convierte en un hábitat inhóspito, en el que las dinámicas sociales escapan al entendimiento de ese ser humano. Pero el ritmo de cambio actual amenaza con dejarnos fuera del juego a las primeras de cambio. Mucho antes de que nuestra velocidad de adaptación se vea mermada. Estamos próximos a convertir la adultez en la nueva vejez y aspirar –en el mejor de los casos– a que alguien nos vea vintage y se compadezca de nuestra incompetencia para ayudarnos.

Si realmente nos preocupa la inclusión, deberíamos implicarnos en romper y prevenir esas barreras que nuestra sociedad interpone a nuestros mayores, convirtiéndolos –cada vez más temprano– en individuos incompetentes a causa de la exclusión tecnológica.