De alas, sombras y sueños

Nos engañan: “tienes alas, ¿no las vas a usar?” Nos engañan con premeditación y alevosía, pertinazmente nos engañan y nos encantan con cetáceos imposibles, nos adormecen con azules líquidos y refrescantes, y nos dejamos hacer... No son bulos, tampoco “fakes news”, se trata de consignas arteras, máximas falaces, bien pautadas y orquestadas para el consumo ansioso, al alcance del nerviosismo de nuestros dedos, perfectamente orientadas a la competición en bolsa  de las nuevas tecnologías, a las abstraciones económicas del mundo globalizado, que no es aldea (global), sino cárcel del alma mortecina, apagada, sobreviviente al marasmo de la vida desvitalizada, entumecida por la pandemia.

¿De verdad tienes alas? ¿Qué alas? ¿Las del autoengaño, la evasión? Sin duda alas virtuales que te transportan fuera del mundo, que te hacen olvidar la gravedad del cuerpo. Nos engañan, nos engañamos, nos dejamos seducir (espejito, espejito...) por narcisismos virtuales, aplastados bajo la canícula en la marquesina del autobús:  de una mano el espejito mágico,  digo, el teléfono móvil, en la otra cargando la pesada bolsa de hamburguesas, chips, azúcares y toda suerte de comidas-basura. Y los sueños improductivos de un verano que volverá a golpearnos con las cifras de accidentes de carretera, de náufragos costeros, con la ansiedad de unas vacaciones de lujo que no disfrutaremos. Y las terrazas, y el fútbol, y el botellón, y el ruido, y el hartazgo indigesto de más de lo mismo.

Parece que no hemos aprendido nada. ¿Os acordáis de cuando íbamos a ser mejores?,  ¿cuando nos encerraron a cultivar semillitas de ilusiones vacías, cuando nos infantilizaron para que el encierro fuera más leve? Cancioncillas y cuentos sin sustancia, aplausos histéricos en las ventanas. Mientras los medios de comunicación disparaban sin tregua cifras de muertos y que nos estuviéramos quietos, sobre todo anestesiados, no sufrir, no pensar, no inquirir. Tan sólo entresoñar, el mantra del vuelo, de la escapada, cuando esto pase... Pero ya estamos en ese momento, campo abierto. Parece que no hemos mejorado. La violencia y la frustración desatadas, orgullo de colores arcoiris bajo humillaciones siniestras,  la no aceptación de la diferencia. Griterío, chabacanería, agresividad. El cuerpo ministerial cambiando de carteras (o de caretas). Las Américas desangrándose en revoluciones fratricidas, comunismo miserable, capitalissmo voraz, y qué más da.

Pero ¿de verdad tienes alas? De gallina espantada en el corral de muertos, o de paloma sucia en el patio ensordecido por algún rap de vecindario triste, mientras los niños se esconden,  abandonados a la suerte incierta de diatribas interminables de sus progenitores, y que no se conviertan en víctimas, sirenitas mudas de un dolor submarino, subterráneo, bajo las sombrillas estridentes de las playas, de las alas, de las sombras, y qué más da.

Fotografía: Iván San Matías Cruz