Diosas IV. Durga

En esta ocasión debemos viajar hasta el continente asiático para encontrar a nuestra protagonista, pero antes de hacerlo será bueno ver algunas de las características más importantes de las divinidades hindúes[1] y sus símbolos, porque no se trata de entes distantes que residen en lejanos cielos o infiernos, muy al contrario, forman parte de las comunidades y las familias, se relacionan con sus creyentes en la vida diaria para aconsejarles, ayudarles o reprenderles.

Dos cosas extrañan al tener un primer contacto con la mitología asiática. La primera es el enorme número de dioses y diosas que la forman; y la segunda, que todas tienen una representación masculina y otra femenina, aunque siempre una de ellas es la dominante a nivel popular.

Algunos de sus símbolos los más importantes – los podemos encontrar por todas partes en los templos- son: el sri yantra (los 9 triángulos entrelazados, símbolo de unión hombre-mujer, individuo-universo), la flor de loto (que representa la belleza, la purificación y la resurrección), el om (sonido de la meditación) y la esvástica, que incorpora los 4 principios básicos del hinduismo (verdad, pureza, honestidad y estabilidad). Una traducción aproximada de esta palabra procedente del sánscrito, podría ser <<el camino al bienestar». Permitirme, no puedo resistirme a ello, que antes de empezar con nuestra diosa de la guerra, aclarare una mala interpretación generalizada con relación al significado de ese símbolo del que se ‘apropiaron’ los nazis: la esvástica.

Ya aparece representada en inscripciones con más de 5.000 años de antigüedad halladas cerca de la ciudad de Susa[2], donde los pastores la utilizaban como número. En sus sistema de numeración la cruz era el 10, la X el 11, y cuando esta comenzaba a girar en sentido contrario a las agujas del reloj y doblando ligeramente las esquinas representaba era 12, con un giro más el 13; la esvástica. Desde este sencillo significado hasta el que aportó la ideología nazi ha recorrido un largo camino. Y es que como bien se lamentaba el médico y filósofo inglés John Lo>Entre la multitud de deidades hindúes no podía faltar una diosa de la guerra y para los creyentes su nombre es Durga, que en sánscrito significa la invencible, la impasible, la destructora de problemas, la eliminadora de miedos y es un referente de valor y fortaleza para las mujeres que, en muchos países del mundo, se tatúan en el cuerpo su imagen. En realidad, dicen, que no es amante de la guerra a la que sólo recurre en defensa de los oprimidos.

Se la representa como una hermosa joven de expresión feroz y amenazadora. Su cabello negro cae suelto sobre sus hombros, viste de rojo intenso, tiene 8 o 10 brazos, y en cada uno de ellos porta un objeto diferente. Siempre cabalga sobre un tigre o un león, regalos que le hizo el dios de la montaña (el Himlaya), Himavat, cuando fue creada. Porque Durga, según la leyenda nos cuenta, fue creada por necesidad para salvar la tierra y los cielos.

Se narra en los libros sagrados que en el principio de los tiempos, existían dos grupos enfrentados de dioses. Los asuras, demonios siempre sedientos de sangre, cuyo rey era Mahishasura, y los devas, dioses bondadosos que eran primos suyos, y sobre los que reinaba Indra. El ambicioso rey de los demonios, pidió al dios Brahma, el creador de todo, la inmortalidad y al negársele esta solicitó el no poder morir a manos de ningún hombre ni de ninguno de sus primos, lo que le fue concedido. Una vez poseyó ese poder, al rey de los asuras le faltó tiempo para congregar un gran ejército y comenzar la conquista de toda la Tierra. Una vez logrado su propósito se dirigió a los cielos para dominar también a los devas y los dioses e imponer su régimen de terror. Venció con facilidad a Indra. Las demás divinidades al tener noticias de lo sucedido temieron ser derrotados también pues conocían el don que Brahma le había concedido. Y claro, si no podía morir a manos de ningún hombre, ni de ningún deva, la única solución era que pusiera fin a su vida una mujer.

Y así todos los dioses se vieron obligados a unier sus poderes para crear a Durga y dotarla de lo necesario para poner fin a la vida del codicioso rey asura. Entre los objetos que lleva en sus manos están el arco y las fechas, que representan el control en la lucha; el rayo de Indra, que es la firmeza; la flor de loto, que es la seguridad en el éxito de sus acciones; la espada del conocimiento; el tridente de Rudra que simboliza los tres tipos de miserias del ser humano: física, mental y espiritual; y también la maza de Visnú junto a la virtud de la paciencia.

La recién creada diosa guerrera se colocó entre el cielo y la tierra gritando: Yo soy Durga, no soy una mujer común y sólo me casaré con aquel que me venza en combate. Los demonios escucharon el desafío y el atronador sonido de sus ejércitos retumbó en todo el universo. La diosa lucho contra todos ellos ayudada por su león y los fue decapitando uno tras otro, atravesando con su tridente a los dos últimos Shumbha y Nishumbha - la arrogancia y el orgullo -. El dios asura quedó sólo y Durga puso fin a a su vida. Así la armonía y el orden volvieron a restablecerse. Desde entonces la diosa es adorada como la Bendita Madre del Universo y guardiana de las fuerzas del bien.

En la actualidad las religiones pierden fieles día tras día, pero como acertadamente escribe el profesor de la Universidad de Sevilla, Carlos Blanco Lozano en su libro ‘Más allá de la cultura y la religión’: Las religiones han proporcionado al espíritu humano valores, ideales, cánones orientativos, brújulas que iluminaron la vida de millones de individuos, a veces en tiempos oscuros, donde el hombre sucumbía a toda clase de miedos, miserias y tiranías. Ante un mundo que amenazaba con disgregar al hombre y sus nexos sociales, la religión se alzó como un principio básico de la identidad individual y colectiva. Así sigue siendo.

 


[1] “Hindu” era la palabra que utilizaban los griegos para referirse a las personas que vivían cerca del río Indo.

[2] Importante ciudad del Imperio Persa. (actual Irán)