Como elefantes en una cacharrería

«La política es el arte de impedir que la gente se meta en lo que sí le importa»

Marco Aurelio

¡Secuestrados! era el grito de los jóvenes –y no tan jóvenes– que demoraban su llegada a la adultez con un viaje de desmadre, de esos con olor a vieja normalidad. La felicidad de días previos era más que justificada, ya que estaban aportando su granito de arena al resurgir del “ocio nocturno”, al rescate de un negocio que lleva meses pagando la realidad de la situación. Su reapertura se ha producido en un momento en el que muchos ejecutivos –porque en España, si algo escasea, no son los poderes públicos– querían “saco y castañas”. Ha sido la gran disyuntiva en la gestión de la pandemia, economía versus transmisión, transmisión versus economía. No voy a enredarme en la priorización de una u otra, ni en su posible o imposible dualidad, pero –lo evidente– es la relación inversa entre ambas y su incapacidad para convivir aún sin limitaciones. Cuestión distinta es cuál deba prevalecer, en función de la nocividad de sus efectos. No obstante, me parece toda una declaración de intenciones que no se haya vacunado a los jóvenes para acudir a las aulas –con la correspondiente inversión de dinero y esfuerzos que han realizado los centros para el correcto desarrollo del curso– y algunas comunidades estén anticipando su vacunación para que, literalmente, salgan de fiesta. Como perdura “La España de charanga y pandereta” de El mañana efímero de nuestro Machado.

No puedo sino darle mi particular tirón de orejas a un legislador que, tras más de un año inmersos en una pandemia con cifras execrables, permanece incapaz de elaborar un texto legal de seguridad sanitaria acorde al escenario. La cuestión imagino que no será la falta de tiempo, cuando se han elaborado otras normas que –permítanme la licencia–considero secundarias ante la situación actual. Es importante contar con una ley educativa eficiente –que se mantenga dentro de la realidad de las aulas–, una memoria histórica justa –que no destaque por ser un texto amnésico que sirva para enterrar a nuestros más ilustres científicos– o una sociedad inclusiva, sin que –por ello– los elementos de la identidad queden reducidos a la insignificación. Pero más allá de estas puntillas, necesitamos –aún hoy en día– una ley que recoja las herramientas e instrumentos necesarios para afrontar una pandemia como la de la Covid-19, que aporte seguridad jurídica y posibilite a las correspondientes administraciones su adecuada gestión.

¿Qué tiene que ocurrir para que el legislador perciba esta necesidad? Con este panorama, no considero osado tacharlo de dejadez de funciones. Durante los últimos meses hemos presenciado detenciones ilegales por toques de queda adelantados o situaciones complejas –como la más reciente en Mallorca–, bloqueo en órganos judiciales y disparidad de criterios, administraciones ineficientes por falta de capacidades… un galimatías que podría quedar muy reducido con una adecuada regulación, además de dotar de eficiencia la conducción de la crisis. De lo contrario, seguiremos –desde los adalides de la responsabilidad hasta los “pollos sin cabeza”– moviéndonos como elefantes en una cacharrería.