En toda Salamanca no hay ni un sitio natural de baño permitido

Otro año más la Junta de Castilla y León ha dejado vacía la lista de sitios naturales para baño, en Salamanca y su provincia. El gran Tormes nos cruza de parte a parte, pero no hemos sido capaces de mantener limpias, o limpiar, sus aguas.

El asunto es más penoso y, de alguna manera, escandaloso, porque todas las provincias que nos rodean, Zamora, Ávila, Valladolid y las restantes de Castilla y León, tienen diversos lugares de baño y esparcimiento veraniego, señalados en la citada lista oficial. Si un salmantino quiere darse un año este verano, que no sea en una piscina, no puede. Tiene que irse lejos. Yo me he ido a Portugal. A pesar de la frialdad de las aguas atlánticas.

¿Por qué razón no me he quedado en mi ciudad, pasando tranquilamente el verano? Porque, los que como yo, hemos disfrutado durante nuestra infancia de las delicias de los baños y las orillas del Tormes, no olvidamos fácilmente ese placer, ni nos adaptamos a sustituirlo por ninguna piscina. Así, pues, para no sentir esa añoranza y la pena de no poder repetirla siendo ya adulto, prefiero huir lejos, para no contemplar todos los días mi querido Tormes y no poder nadar en sus aguas. El punto rojo límite que incrementa la indignación, es que este mismo río, en su primera etapa abulense, sí aparece como idóneo en la lista de nuestra Comunidad.  

A lo largo de los años hemos tenido que aceptar muchas pérdidas de nuestro río, de fauna, como las sabrosas ranas y peces de sus aguas, y de flora de sus orillas ricas en variedad de plantas y arbolado. Hemos tenido que adaptarnos a paseos de cemento en sus orillas, que parecen ir a alguna parte, cuando de lo que se trata  es que todos los caminos conduzcan a él: conocerlo en su rica longitud y en la profundidad de sus aguas. 

El problema de fondo a la pérdida esencial del Tormes, es que en las últimas décadas de supuesta civilización, hemos confundido lo esencial de la vida con todos los accesorios y achiperres que nos venden y compramos: la pureza del agua, del aire que respiramos, de los alimentos que comemos, incluso la salud de la que podemos disfrutar viviendo en un medio entorno saludable, esas riquezas las hemos sustituido por  coches para llegar demasiado pronto a ningún lugar, por piscinas con un coste altísimo de agua, por alimentos conservados e insípidos, por unos servicios médicos que reparen continuamente lo que nuestro organismo pierde en su penosa adaptación a lo artificial.

En un momento de esta larga y mortífera pandemia, parecía que esta desgracia nos iba a reconducir a la madre naturaleza y a los hábitos de vida generadores de salud, pero no: ni siquiera este gran trauma colectivo va a servir apenas para poner punto final a tanto destrucción de vida y tanto derroche de energías, que nos llevan de cárcel en cárcel, como aquel juego de la oca de  nuestra infancia.

Hoy lo escribo aquí públicamente: jamás he sido más feliz en toda mi vida que lo fui aquellas tardes, aquellos domingos, aquellas fiestas que pasaba a orillas de nuestro Tormes, bañándome con los amigos, cruzándolo en barca, merendando en sus orillas, cogiendo o intentando coger las ranas que saltaban con alegría delante de nuestras narices. Muchas décadas de consumo no han podido convencerme de que el placer y las maravillas no están en los cachivaches que nos inundan, sino en lo que la naturaleza salmantina nos ofrecía cada día, gratuita y generosamente.