Peligro, ha vuelto a decir: ¡Nunca, jamás!

Si tuviéramos un Presidente normal –no pedimos ningún Adenauer-, estaríamos pendientes de sus disertaciones, esperando saber cuáles son sus verdaderas intenciones. Con Pedro Sánchez la cosa es muy distinta. Ya nos tiene acostumbrados a declarar solemnemente cualquier proyecto, estando convencido de hacer precisamente lo contrario.

 La penúltima vez en actuar así ha tenido lugar en el Congreso, En una sesión de control parlamentario, requerido por la oposición, ha vuelto a dogmatizar que, mientras él sea Presidente, no se autorizará ningún referéndum consultivo en Cataluña. Como si los españoles estuviéramos en la inopia e ignoráramos el artº 92 de nuestra Constitución, se podía pensar en otro desiderátum imposible. Sin embargo, ya hemos dicho que con este Presidente hay que andar con mucho cuidado. Ya ha dado repetidas pruebas de bordear la Constitución, con la ayuda de sus colaboradores, para conseguir aquello que parecía inalcanzable. Lo he hecho con la Justicia y acabará haciéndolo con la Constitución.

La codicia insaciable de los nacionalistas está poniendo a prueba su ambición de poder. A cambio de prolongar su estancia en La Moncloa, está dispuesto a pasar por encima de leyes y principios. Ya sabe que las opiniones contrarias, por clamorosas que sean, no duran más allá de algunas semanas. Al final, basta con sacar a la palestra cualquier primicia para que el pueblo se olvide de lo verdaderamente importante. Cuando la irritación arrecia, el mismo Presidente o alguno de sus ministros, aparece en escena para desdecirse o para declarar que sus palabras han sido sacadas fuera de contexto. Los españoles ya conocemos esa cantinela.

Si Pedro Sánchez asegura que no habrá referéndum consultivo, habrá que ir pensando en la fecha. De momento, no tardó ni 24 horas en añadir lo del referéndum no vinculante. Cómo será el asunto cuando Junts y la CUP, dos de los partidos más independentistas de Cataluña, se declaran contrarios a esa consulta. Lo hacen por estar convencidos de que acabarán consiguiendo todo el lote: nuevo Estatuto, referéndum y amnistía, para llegar a su ansiada independencia.

Esto que parece un cuento de hadas, es lo mismo que pensábamos en 2017, cuando el gobierno creía imposible que la Generalidad decretara la independencia unilateralmente. Para que a él no le coja el toro, Sánchez quiere allanar el camino y quitar esas “piedras” que cita Ábalos. Para ello necesita reformar la Constitución, y sabe que, por la vía legal, actualmente es imposible. Por eso, debemos estar preparados para asistir a todo un curso de adaptación de fórmulas que circunvalen nuestra Carta Magna. Los independentistas le tienen tan fuertemente agarrado que exigen los cambios necesarios para garantizar que ningún político vuelva a pisar la cárcel por hacer realidad sus aspiraciones. De momento, le conminan para que el Tribunal de Cuentas –organismo que apoyó el PSOE de antaño- deje de perseguir a los que malgastaron los fondos públicos. Además de emplear a la Fiscalía, no tardaremos en conocer nuevos intentos. Ya dijimos que dispone de un Pabellón de Demoliciones y lo empleará a fondo.

Que el resto de temas internos le preocupan menos a nuestro Presidente, es algo que está al día. Cuando se vio en dificultades, sacó de la manga lo de la mascarilla, en contra del parecer de los profesionales de la Sanidad. Las consecuencias están a la vista. Nadie quiere asumir que esa medida ha sido la señal esperada para abandonar las imprescindibles medidas de seguridad ante un virus que sigue en la calle, con más peligro que antes. Es verdad que en los hospitales aún no se nota los efectos de una nueva ola de contagios, pero tampoco se nota que el gobierno esté   preocupado. Tal vez piensa que hay menos peligro en una vuelta atrás que en el desgaste de reconocer su error. Lo dicho, pongámonos en lo peor.