Hambre de pan, de Dios y de cariño

Un líder indígena le espetó a Juan Pablo II en su visita a Brasil:
“Santidad, tenemos hambre”. Juan Pablo II respondió con gran sensibilidad pastoral y humana: “Tu pueblo, Señor, tiene hambre de pan y de Dios”.

 

No estamos a gusto con la realidad de nuestro mundo. El hambre crece alarmantemente y una mayoría de la población no se alimenta adecuadamente.

A Jesús lo seguía mucha gente porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Al ver a tanta gente sin comer, sintió compasión de ellos e hizo la multiplicación de los panes y peces (Jn 6,1-15). Jesús ve el hambre de aquella gente y plantea la necesidad de alimentarla. No solo se preocupaba de alimentarles con la Buena Noticia de Dios, sino que se preocupaba de darles de comer.

El muchacho de los cinco panes de cebada es una luz para nosotros. Dios tiene el poder de alimentar a su pueblo, pero quiere servirse de lo poco que cada uno puede aportar. Dios lo utiliza y lo multiplica para responder sobradamente a las necesidades de los hombres, nuestros hermanos. Dios quiere servirse de lo poco que somos y de lo poco que podemos ofrecer.

La enfermedad que padece el mundo, decía M. Teresa, la enfermedad principal del ser humano no es la pobreza o la guerra, es la falta de amor, la esclerosis del corazón. El corazón es la zona más deprimida de las personas. Hemos logrado llegar a la luna, hemos explorado las profundidades del mar y las entrañas de la tierra, pero no hemos logrado resolver los problemas de primera necesidad. No basta con quitar penas y hambre; es necesario impregnar nuestro mundo de amor.