La relación de los bancos con los clientes: de Amos a siervos

En el trascurso de dos semanas he tenido como cliente dos experiencias con dos bancos, tan significativas que no puedo dejar de referirme a ellas; como no son nada extraordinarias, y sí muy frustrantes (humillantes) deduzco que son dos ejemplos entre miles del mal hacer que de día en día ejercen los bancos con “sus” clientes. No me referiré al “pecador, sino al pecado”, por no ser este un espacio de denuncia y con la esperanza de que no paguen bancos justos por pecadores.

Primer ejemplo o anécdota: Desde hace unos ocho años tengo, como es habitual, una persona autorizada por mí para, si es necesario, pueda gestionar   en mis cuentas de un banco determinado. Aún hoy no he entendido por qué después de ocho años, de repente a mi banco le entran dudas sobre la idoneidad de  mi autorizado/a, al que llama “su cliente” y le pide algunos papeles oficiales relativos a su vida social; no han podido/querido explicarme el motivo. Pero lo más gordo no es esto, que ya lo es, sino  que notificándome este asunto me notifican también que mientras se resuelve la gestión quedan bloqueadas mis cuentas.

En mi visita personal acompañada de la persona autorizada por mí, no me aclaran tampoco los motivos de su unilateral (¿y anticonstitucional?) decisión; solo me repiten que no tiene nada que ver con mi persona, sino con la persona autorizada por mí. Pero da la casualidad que después de numerosos años de convivencia conozco el pasado y presente de esa persona tan en detalle que no tengo la menor duda de su honestidad y menos aún de que se cierna por su culpa alguna amenaza en mis humildes economías. Por lo tanto, terminé la “conversación” diciendo a mi “paranoide banco” que si no admiten a mi autorizado/a retiraré mis ingresos, pues, como todos los lectores saben, hace mucho ya que ningún banco te da nada por tener tus ahorros en sus depósitos, a resguardo de imaginarios ladrones.

La segunda anécdota es tan humillante para cualquier cliente como la primera. Para contarla esta vez sí tengo que nombrar la Institución desencadenante, aunque no nombraré el banco: El INSS ( que día a día incorpora procedimientos bastante kafkianos para sencillas gestiones) me notifica por vía de apremio que debo ir a pagar a un determinado banco una cantidad nimia de euros, un atraso ( según ellos) de una cuota de la Seguridad social del mes de febrero. Me especifican que debo ir a cualquier sucursal de ese banco, con el pago en moneda ( un pago inferior a 20 euros). Se da la circunstancia de que en esta ciudad ya ha acometido dicho banco el cierre de numerosas sucursales, se supone que para tener más beneficios, después de un año de grandes beneficios, como oímos  y vemos en TVE a sus empleados manifestantes por todo el territorio nacional.

Llego, guardo cola religiosa y larga para ir a caja y pagar la minúscula cantidad, como ciudadano obediente y disciplinado. Pero el señor cajero ¡me dice que ahí no puedo pagar!¡Tengo que  hacer la operación en el cajero automático, en el exterior del edificio!. De mala gana sigo obedeciendo, voy, tecleo con sumo cuidado cada uno de los cien números y letras del impreso en la fría pantalla y…cruel e insensatamente ¡me responde la máquina que ahí no puedo hacer ese pago!

El lector comprenderá cómo salí de esa oficina bancaria; y si ha leído El Proceso de Kafka, lo comprenderá aún mejor.

Estas son las dos  cotidianas experiencias de un ciudadano, de edad avanzada, que lleva décadas de su vida pagando sus numerosísimos impuestos ( en pagar impuestos nos igualamos a los países nórdicos) y conformándose con los malos y agujereados servicios públicos que día a día siguen deteriorándose. Salvo alguna excepción.