Obras en Moncloa

Brujuleando en los antecedentes del actual Palacio de la Moncloa, encuentro una lejana relación de este inmueble –como el Palacio de Monterrey- con la casa de Alba. La finca en que está enclavado, después de pasar por varios propietarios, a finales del XVIII era una posesión de Cayetana de Silva Álvarez de Toledo, XIII duquesa de Alba, más famosa por ser la Maja que inmortalizó Goya. A su muerte sin descendencia, Carlos IV adquirió la propiedad e Isabel II la cedió al Estado convirtiéndola en museo. Fue destruido durante la guerra civil y reconstruido en 1954 para alojar a jefes de Estado de visita en Madrid. Restaurada la democracia, se convirtió en residencia oficial del Presidente del Gobierno.

          En mayor o menor medida, los distintos inquilinos de La Moncloa han ordenado las reparaciones y reformas que estimaron oportunas, hasta conformar el actual complejo de edificios que alberga buena parte de las necesidades de la Presidencia del Gobierno. Siguiendo la costumbre, Pedro Sánchez, el 22 de junio de 2021, puso la primera piedra de un nuevo edificio, esta vez virtual, que constituirá el símbolo de lo que él considera una nueva España. En su día, uno de los edificios del actual complejo –el llamado Semillas Selectas por el uso tuvo en el pasado-  albergó todo un ejército de funcionarios que garantizaban una plácida permanencia del Jefe.

          Con el vertiginoso aumento del número de asesores –ahora se llaman expertos, y vaya Vd. a saber la razón de ese nombre- y la aparición en escena del covid-19 –que obliga a aumentar la distancia entre personas-, el famoso laboratorio de ideas se ha quedado pequeño. No obstante, los currantes de La Moncloa aún han tenido tiempo para encontrar la solución perfecta. No hará falta meter albañiles. La reforma se hará de puertas para dentro, y sin mancharse. Lo primero, cambiar el nombre. Ya se sabe. La Memoria Histórica obliga a terminar con expresiones de clara reminiscencia fascista. El nuevo edificio se llamará Pabellón de Demoliciones. Ningún otro nombre sería más apropiado si lo que se busca es un centro de trabajo donde sus operarios dediquen toda su actividad a demoler leyes y conceptos. Al frente del capataz Redondo, contará con tres departamentos: el de rastreadores de fallos cometidos por la oposición; el de mentes privilegiadas capaces de sacarse de la manga una feliz idea, a ser posible envuelta en una frase rimbombante y, por último. el de redactores de réplicas, previstas de antemano, para los miembros del gobierno que deban someterse a sesiones de control o ruedas de prensa.

          Pedro Sánchez, con el decreto de indulto a los responsables del golpe de Estado de 2017, ha colocado la primera piedra de una nueva forma de gobernar. No es fácil encasillar este método en ninguna de los modelos en curso. Siendo España una democracia cuya forma política es la monarquía parlamentaria, se pretende convertirla en algo que, aparentando conservar el apellido democrático, comience ignorando todos los condicionantes que figuran en el preámbulo de nuestra Constitución.

          Poniendo en libertad a quien no ha solicitado el indulto, ni se arrepiente del delito cometido proclamando su intención de reincidir, para nada se garantiza la convivencia democrática, ni se protege al resto de españoles.

          Con razonamientos tan débiles y oscuros como los que se exponen en ese decreto, ¿qué motivos existen para no indultar a los varios cientos de encausados por los mismos acontecimientos? ¿Qué va a contestar a Otegui que ya pide la libertad para todos los presos de ETA?

          Para levantar ese nuevo edificio virtual de La Moncloa, Pedro Sánchez va a contar con mano de obra imprevista. El ataque perpetrado a nuestra Justicia está originando, desde el exterior, toda una cadena de adhesiones al movimiento secesionista. De contar con el apoyo decidido del Parlamento Europeo, se ha pasado a ir inclinando la balanza hacia el otro platillo. Y, en esa maniobra, no son ajenos algunos de los partidos que apoyan a este gobierno.

          Es igual. Pedro Sánchez está muy seguro de su fórmula. Las calderas de su laboratorio funcionan a toda máquina. Ante el masivo rechazo del indulto, hay que precipitar la toma de medidas que contrarresten esa discordia. Así, salen a escena medicinas –más bien placebos- que nada tienen que ver con la utilidad ni con la oportunidad. En contra del criterio de los verdaderos expertos en la materia, y sin contar con la opinión de las Autonomías - ¿no habíamos hablado de cogobernanza? -, se decreta el cese de la obligación de usar mascarilla en espacios no cerrados; se anuncia a bombo y platillo la bajada del IVA de la luz, para pequeñas potencias y durante seis meses, y la ministra de Sanidad, envuelta en una pueril risa sardónica, anuncia la vuelta a la “normalidad” en la asistencia de espectadores al fútbol y baloncesto. A la Sra. Darias le faltó explicar cómo se puede volver a la normalidad manteniendo 1.5 m. de separación entre espectadores. Lo dicho. Corría prisa y con esa calderilla se pretende disimular el deseo de pasar por encima de la ley, aunque la broma pueda costar un retroceso más en nuestra recuperación.

          Cualquier persona medianamente instruida, en una situación como la nuestra, tendría muy fácil calificar la nueva forma que se quiere imponer en España: otra dictadura. Con ese exclusivo fin han comenzado las obras en La Moncloa.