Regeneración democrática

Lo discutimos la otra tarde en la tertulia del “Sanedrín” universitario, y llegamos a la conclusión de que si el ciudadano es honesto, respetuoso, ético y con comportamiento moral, la democracia es honesta, respetuosa, ética y moral. Las piezas son las que forman el puzle, y sus colores, los que las identifican, caracterizan y ennoblecen; pero si el individuo es corrupto, no respeta lo ajeno, no profesa principios ni valores, se salta, a la torera, las normas y la conducta cívica, esa democracia se manifiesta con las mismas vergüenzas que la componen.

Metido en estas reflexiones, di con un tratado de Aristóteles sobre Moral. Me pareció bastante enredoso para iniciados, pero me quedé con una idea muy escueta: “la Moral forma parte de la política. En política, no es posible cosa alguna sin estar dotado de ciertas cualidades, quiero decir sin ser hombre de bien; pero ser hombre de bien equivale a tener virtudes y, por tanto, si, en política, se quiere hacer algo, es preciso ser moralmente virtuoso”.

Virtuoso es como decir con sentido común, buenas dosis de humanismo, poseedor de nobles valores y principios y un desinteresado compromiso por los demás.

Andando entre más cavilaciones, me tropecé con unas sentencias más tangibles, más cercanas, inteligibles y más didácticas: la filosofía de nuestro insigne don Miguel de Cervantes. Nos aconseja que para ser buenos ciudadanos, debemos guiarnos de la locura del Hidalgo de la Mancha:

“Don Quijote es un ser generoso sin límites, que un buen día decide dar su vida a los demás, y luchar por todas las causas perdidas que se encuentre.

Su mayor locura está en esa generosidad extrema, que le distingue de todos los que le rodean, y que le lleva a olvidar su interés y su “hacienda”, para lanzarse a “desfacer entuertos” y a socorrer a los más débiles. Él no piensa si sus aventuras le reportarán beneficios o le traerán cuenta o no.

Y es que don Quijote jamás busca su propio provecho y rechaza la cruda realidad que mueve a los demás”.